miércoles, 23 de diciembre de 2009

GRACIAS RAYMOND, GRACIAS PAUL (II)





Raymond permaneció todo el camino al hospital en silencio, apoyado sobre la ventanilla.  La ambulancia iba deprisa y la calle estaba mal asfaltada, su cabeza golpeaba una y otra vez contra el cristal, a veces débilmente, a veces con tal fuerza y redundancia que provocaba que la doctora y el enfermero, que era quién conducía, apartasen por un momento la vista de la carretera y observasen con aire abatido la hundida figura de aquel hombre consternado.
Nada más llegar al hospital se realizó la autopsia de Rita.  No era necesario preguntar mucho para saber las causas de la muerte.  La casa estaba situada en un sexto piso.
Raymond pasó la noche con la cabeza hundida en sus grandes manos, con los codos apoyados sobre los muslos y los ojos muy abiertos, enfocando lúgubremente hacia las ennegrecidas baldosas de la sala de espera de la unidad de cadáveres.  Bebió café y agua, y cuando no pudo soportar más el hecho de sentirse tan profundamente superado por las circunstancias bajó al bar del hospital, compró una botella de whisky, y la bebió despacio sentado en la silla de plástico de la sala de espera, con la cabeza de nuevo hundida en las manos y los ojos a medio abrir dirigiéndose hacia al suelo.
Las horas pasaron, y por los diminutos ventanucos de la sala comenzaron a asomar los primeros rayos de sol, inundando aquella inhóspita estancia de color blanco amarillento gastado y tétrico con un soplo de calidez y vida.  Raymond casi había acabado la botella, tenía los ojos hinchados y un buen puñado de minúsculas venitas reventadas en el interior de los ojos que conferían a su mirada una apariencia de preocupante alienación. 
La doctora apareció por el interminable pasillo que quedaba a la derecha de la salita, y se dirigió hacia Raymond.
- Señor Carter, perdóneme, señor Carter.
Raymond la miraba con los ojos inyectados en sangre y el gesto demente, sin contestarle.  La doctora miró la botella que Raymond tenía en sus manos y le volvió a hablar, esta vez más despacio y poniendo sus manos sobre las de él.
- Escuche señor Carter, se que es un momento difícil, pero estoy en la obligación de decirle esto: su esposa era donante de grado uno, supongo que sabe lo qué es.  No hemos podido salvar casi ningún órgano pero sus tejidos y sangre todavía son aprovechables, la voluntad de ella es que su cuerpo sea donado a la ciencia, y mi código profesional me obliga a preguntarle si usted desea verla por última vez.  Si le sirve de algo mi opinión, no le recomiendo que lo haga señor Carter, Rita era una mujer muy hermosa, conserve ese recuerdo, por favor.
Raymond no contestaba, sus ojos apuntaban directamente a los de la doctora pero parecían traspasarla, ir más allá de donde ella estaba y ser capaces de ver mucho más de lo que ella ni nadie vería nunca.  La tristeza otorga a los rostros de las personas un aire de oscura sabiduría.  Cuando oímos que alguien se ha tirado por la ventana no solemos pensar en que lo que hay después, lo que está detrás de la ínfima columna en la sección de sucesos del periódico, puede ser un hombre bueno haciéndose añicos en la maloliente sala de espera de un hospital. 
La doctora hizo acopio de fuerzas y volvió a dirigirse a Raymond, sin ser capaz de despegar sus suaves manos del tacto frío e inerte de las de él.
- Señor Carter le repito que se que es un momento muy complicado, pero espero que entienda que sólo estoy cumpliendo con mi deber.  He traído unos impresos que debe firmar y después…
- Quiero verla.  – dijo Raymond con voz tierna, adoptando un tono infantil y condescendiente que daba la sensación de haber aceptado la tragedia.
- ¿Cómo dice?  Disculpe, tengo que preguntarle si está usted totalmente seguro, señor Carter.
- Lo estoy, estoy seguro, quiero verla.  – volvió a hablar Raymond en el mismo tono dulce y apacible.
- Está bien.  – dijo la doctora resignada.  Acompáñeme, tendrá que dejar la botella, las chicas del mostrador se la guardarán.
Raymond recorrió aquel pasillo estrecho e interminable fríamente iluminado con la sensación de estar dirigiéndose a su propia muerte, al famoso túnel blanco que termina en una imponente luz brillante, el final de todo.
Cuando llegaron a la puerta la doctora volvió a coger su mano, la apretó con fuerza y habló con voz cálida y comprensiva, como una madre:
- Le esperaré fuera señor Carter, se lo ruego, no esté ahí dentro más de lo necesario.
Raymond entró en el depósito y vio a Rita yacer tumbada boca arriba sobre una camilla.  El fuerte olor a química llenaba la estancia de un olor penetrante y embalsamado.  Podría decirse que aquel era el olor de la muerte.
Raymond se mantuvo durante un par de minutos observando la descompuesta figura de su mujer, totalmente grotesca e irreconocible.  Sabía que aquello iba a tener sobre él un impacto mayor que cualquier otra cosa que hubiera visto a lo largo de toda su existencia, no sabía baremar el nivel de influencia con el que esa imagen iba a condicionar el resto de sus días y esto le aterraba, le asustaba profundamente, pero era incapaz de apartar  sus ojos de aquella maraña de carne muerta, huesos afilados y órganos desnudos y mutilados.
Cuando la doctora comenzó a golpear levemente la puerta con los nudillos Raymond salió de su asombro, dio media vuelta y abandonó la habitación.  Cruzó por delante de la doctora sin siquiera mirarla y regresó a la sala de espera, se tumbó en los duros e incómodos asientos de plástico blanco, encogiéndose como si fuera un niño, y cerró los ojos.




Raymond estaba sentado en la primera fila de una Iglesia, tenía la mano de Paul sobre su rodilla y delante de ellos un gran ataúd vacío que simbolizaba a Rita.  Un cura católico se dedicaba a recitar incongruencias en forma de alabanzas hacia la mujer muerta y su inminente entrada al reino de los cielos, una suerte de fiesta eterna repleta de comida y bebida.  Raymond agachó la cabeza y comenzó a llorar, aborrecía la religión.  Había renunciado a su fe judía hacía muchos años, lo cual le había llevado a ser ignorado y despreciado por la práctica totalidad de su familia, y ahora se encontraba llorando a Rita delante de un anciano disfrazado con túnica y gorro que escupía al hablar mientras gritaba sandeces a una caja de madera vacía que se suponía, era su esposa.  Aquello era demasiado.
Raymond se levantó enérgicamente y salió de la capilla maldiciendo para sí mismo.  Avanzaba por el pasillo central con gesto firme y decidido, cada paso que daba dejaba atrás una fila de personas que lo miraban con expresiones que iban desde la total incomprensión hasta el más absoluto reproche.  En la primera fila se situaban los padres de Rita, su hermana y su marido y sus dos hijas, la segunda y tercera estaban llenas de familiares no tan cercanos los cuales Raymond sólo había visto en contadas ocasiones, y el resto de público lo conformaban amigos y amigas, compañeras de trabajo, antiguos novios, conocidos y desconocidos.  Raymond sabía que cada paso que daba, cada abarrotada fila que iba dejando atrás, significaba un hasta nunca para con aquella gente, un final.  Durante los escasos segundos que duró su recorrido desde el ataúd hasta la salida de la capilla pudo sentir como el buen concepto que aquella gente pudiera tener de él saltaba por los aires.  Sabía que aquel era el final de la historia que comenzó a escribir junto a Rita hacía más de siete años, y no le importaba.
Cuando por fin llegó hasta la puerta principal, sintió como una mano se posaba sobre su hombro, se dio la vuelta y pudo ver a más de la mitad de la Iglesia girada con los ojos clavados en él, y por encima de aquella ingente cantidad de desprecio, un hombre con gesto noble que casi parecía que iba a sonreír mientras hablaba.
- Espera Raymond, voy contigo.
Raymond sintió como la voz de Paul se le incrustaba en el estómago formándole un nudo.  Se mordió los labios para contener las lágrimas y respondió.
- Gracias Paul.


Cuando llegaron a casa Raymond invitó a Paul a pasar a su apartamento y tomar un café.  Los dos hombres se sentaron en el sofá y respiraron el silencio.  Paul miraba fijamente a Raymond, y este, jugando con sus dedos y el asa de la taza, daba la impresión de estar más tranquilo.
- Escucha, sé que no es lo mismo, sé que no tiene nada que ver, pero cuando yo perdí a Lucille también creía que era el fin del mundo, y no fue así,  la vida sigue, después de todo eso es lo único seguro, el mundo no se para porque alguien muera.  – dijo Paul.
- Lo tuyo fue un divorcio.  Es diferente, maldita sea.  – respondió Raymond sin llegar a irritarse.
- Lo sé.  Ya te he dicho que sé que no es lo mismo, pero al fin y al cabo, yo no he vuelto a ver a Lucille desde entonces, para mí es como si estuviera muerta.  Y ojalá lo estuviera, esa víbora.
- Paul, me conoces mejor que nadie, eres mi mejor amigo, sabes que nunca me he tomado la muerte muy en serio, siempre he pensado que la gente va y viene, y que la única persona que siempre se mantiene dentro del cuento es uno mismo, pero esto es diferente joder, Rita no ha muerto de manera natural, se tiró por la puta ventana, demonios.  Tú la conocías, nos conocías, sabes que no éramos una pareja modelo, pero no estábamos peor que cualquier otro matrimonio, últimamente incluso habíamos hablado de tener un hijo.
Paul suspiró profundamente observando como Raymond hablaba, alegrándose en cierto modo de que su natural locuacidad y cordura hubieran parecido regresar.
- Escucha amigo, esto será duro, pero te conozco bien, lo superarás.  Eres un tipo inteligente, y sé que tienes claro que no ha sido culpa tuya, cada persona tiene un pequeño universo dentro de su cabeza, Rita tenía el suyo, quién sabe porqué hizo lo que hizo, lo único que puedes hacer ahora es guardar un buen recuerdo de ella y seguir con tu vida.  No será fácil, pero podrás hacerlo.  Yo estaré contigo, de eso puedes estar seguro, cuando necesites hablar, un trago, o las dos cosas, estaré contigo, igual que tú estuviste cuando Lucille se marchó e igual que has estado siempre.  Mi puerta sigue al lado de la tuya, ya lo sabes.
Ambos hombres se abrazaron sinceramente, como dos amigos.  Se conocían desde hacía mucho tiempo, y se querían desde hacía más tiempo todavía.  Desde niños habían contado el uno con el otro de una manera tan pura que ablandaba el alma, y habían conseguido alargar esa profunda amistad sin concesiones que sólo existe en la infancia hasta la edad adulta.  Se habían casado, tenían familia, amigos, pero únicamente cuando estaban los dos solos eran los verdaderos Raymond y Paul, sin caretas ni artificios, no tenían secretos, se comprendían el uno al otro mejor que ninguna otra persona podía aspirar a comprenderlos.
Después del abrazo terminaron el café en silencio, Paul se marchó a su apartamento y Raymond se quedó en la soledad del suyo, son la cabeza hundida en sus grandes manos, pensando.


Esa misma noche, alrededor de las tres de la mañana, unos golpes secos y continuados resonaron en el piso de Paul.  Raymond estaba al otro lado de la puerta, borracho y en pijama.  Paul lo hizo entrar y se sentaron en el sofá, sacó una botella de bourbon y dos vasos bajos y, sin mediar ninguna palabra introductoria, comenzaron a hablar.
- No me quito de la cabeza que mientras ella saltaba por la ventana de la cocina yo estaba a solo unos metros, con Tom Waits sonando a todo volumen en el estéreo mientras pasaba la aspiradora.  – dijo Raymond.
- Fue una mala coincidencia, no deberías darle vueltas a eso, seguramente es algo que habría acabado haciendo antes o después, esas cosas no se deciden así como así.  – contestó Paul entre bostezos mientras servía dos vasos de bourbon.
- Lo sé, lo sé, ¿pero no te resulta grotesco?  Yo estaba canturreando “Union Square” mientras mi esposa agonizaba seis pisos más abajo.  – reflexionaba Raymond moviendo la cabeza a un lado y a otro.
- Es extraño, desde luego que lo es, pero ¿qué demonios podías hacer tú?  Creo que no deberías darle a esos pensamientos más trascendencia de la que realmente tienen.
- Paul, mientras estaba pasando la aspiradora, justo antes de que fuera a abrir la puerta y me dijeras lo que había pasado, tuve pensamientos sexuales con Rita.  Hacía semanas que no los tenía, ¿no te parece disparatado?  - continuó cavilando Raymond con voz ebria.
- Ray, todo eso son sólo detalles, pensamientos banales que no hubieran tenido ningún peso si no hubiera pasado lo que pasó, no les des importancia o te acabarás obsesionando, hazme caso.  – le aconsejó Paul mientras servía dos vasos de bourbon más, el suyo medio vacío, y el de Raymond medio lleno.
- Tienes razón amigo, como siempre.  Es sólo que no sé como debería comportarme a partir de ahora.  No entendía a Rita viva y sigo sin entenderla después de muerta, no sé por qué carajo lo hizo, sé que no importa mucho al fin y al cabo, pero todo esto me supera.
- Debes descansar Raymond, tómate unos días para relajarte e ir olvidando esto poco a poco, es la única manera.  Después regresa al trabajo, continúa con tu vida y las cosas irán volviendo a la normalidad, no eres el único viudo del mundo, ni tampoco el primero que su mujer se suicida, sé que es duro escuchar esto joder, pero sólo quiero que no te hundas.  – dijo Paul con firmeza, a sabiendas de que su amigo era un persona fuerte y pragmática.
- Lo sé Paul, intentaré no hacerlo.
Los dos hombres guardaron silencio y, sólo unos instantes después Raymond se quedó dormido en el sofá.  Paul le puso una manta por encima y bajó la persiana del salón.  Después de esto se acostó, y apenas pudo dormir imaginando a su amigo bailar por el salón agarrado a la aspiradora con la música a todo volumen, pensando en follarse a su mujer mientras ella se desvanecía hecha pedazos en la acera unos cuantos pisos más abajo.  Raymond era un tipo duro, seguramente el más duro de todos cuantos Paul conocía, pero aquello no era un trago fácil, si no le quisiera tanto y lo conociera tan bien seguramente diría que tenía bastantes opciones de volverse completamente loco.



Esa misma noche, alrededor de las tres de la mañana, unos golpes secos y continuados resonaron en el piso de Paul.  Raymond estaba al otro lado de la puerta, borracho y en pijama.  Paul lo hizo entrar y se sentaron en el sofá, sacó una botella de bourbon y dos vasos bajos y, sin mediar ninguna palabra introductoria, comenzaron a hablar.


CONTINUARÁ...


        © D.A.S 2009  
 

Recomendación musical: The Spazzys - Aloha go bananas!
http://rapidshare.com/files/60148141/-_Spazzys_-_Aloha__go_bananas_-_chicasrockeras.blogspot.com.rar
(Pop-punk en la onda de los Ramones cantado por chicas.  Con más guitarras y meno melodías que ellos, suenan un poquito más sucias y garageras, la producción es brutal.  Música para ponerse contento, saltarina, divertida, pegadiza y alegre)






Recomendación literaria: Ryu Murakami - Azul casi transparente
Uno de mis libros favoritos de siempre.  Un japo de 24 años escribe una novela sobre un grupo de jóvenes que viven cerca de una base militar americana en Yokohama y le sale esto.  El grupo consume todo tipo de drogas, va a conciertos de rock, organiza orgías para los soldados yankis... todo sin aparente pasión ni placer, deslizándose pasivamente hacia la más profunda autodestrucción.  Literatura fría, antisentimental, cruda, influenciada por el surrealismo, con un lenguaje duro, directo y conmocionante.
- Una mezcla de "La naranja mecánica" de Burgess y "El extranjero" de Camus.  (Newsweek magazine) -  




* Un último apunte para los que os guste el buen cine.  Si queréis ver a Bogart en su mejor interpretación visionad "In a lonely place", de Nicholas Ray.  Gran película de uno de los mejores directores del viejo Hollywood.






1 comentarios:

larapt dijo...

Sobrecogida,la realidad vivida por mi, supera a tu ficción, pero en los dos casos hay una desesperación infinita que lleva a las mujeres a saltar al vacio, haciendo desaparecer así todos los problemas. luna.

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