lunes, 21 de diciembre de 2009

GRACIAS RAYMOND, GRACIAS PAUL




* Ilustración de Natalia Simal *

Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono.  Mientras estiraba el brazo para apagar la música que sonaba a todo volumen desde el equipo estéreo vio como Rita aparecía por la puerta del salón y descolgaba el auricular con una gran sonrisa en el rostro.  Raymond se quedó quieto un segundo y enseguida volvió a deslizar la aspiradora por el suelo enmoquetado con rítmicos movimientos de brazo, clavando los ojos en su esposa.  Rita se había dado la vuelta y se contoneaba coquetamente, acariciándose el pelo que le nacía en la nuca con la mano derecha y moviendo graciosamente los pies.  Raymond intentaba escuchar la conversación, pero debido al intenso zumbido del viejo aspirador sólo alcanzaba a oír un leve susurro ininteligible.  Rita continuó hablando con el teléfono en la mano, pero había dejado de moverse presumidamente y de tocarse el cabello, llevaba ya un par de minutos apoyada sobre la mesa del salón con el cuerpo inclinado rígidamente hacia delante. Cuando colgó, aún permaneció inmóvil durante unos instantes después de dejar el teléfono sobre la mesa, manteniendo el cuerpo muy tenso.  Raymond la observaba sorprendido, por fin apagó el aspirador y le preguntó:
- Bueno, ¿quién coño era?
- Nadie cariño, era mi madre.  – contestó Rita, sin prácticamente girarse para mirarle.  Y salió de la habitación dando pequeños pasos.
Raymond la vio cruzar la puerta y desaparecer y se quedó mirando al vacío, incapaz de comprender nada.  Resopló un par de veces, encendió otra vez la música, la puso a todo volumen y agitó la cabeza pensando que no entendía a su mujer y que era muy posible que nunca la fuese a entender.  Activó de nuevo la aspiradora y volvió a sumirse en sus intrincados pensamientos.  Raymond era un fanático de la limpieza.  Su trabajo le sometía a mucha presión, no era más que un puesto medio más del departamento de administración en la sucursal de una famosa multinacional de bebidas alcohólicas, pero solía actuar como enlace sindical y hacer horas extra, lo que se traducía en poco descanso y un estado de constante agitación mental.   Limpiar el polvo de las estanterías, sacar brillo a las ventanas, lavar obsesivamente la ropa de cama, las fundas del sofá, los manteles, pasar la aspiradora, eran actividades que le ayudaban a evadirse de su ajetreada vida y le concedían un respiro, unos momentos de tranquilidad y de evasión que solía emplear para hacer balance de su vida y dedicarse tiempo para pensar en los asuntos que normalmente le quitaban el sueño.  Desde hacía varias semanas una sola cosa ocupaba todas sus reflexiones a la hora de la limpieza: Rita.  Llevaban casi tres años casados, y antes del matrimonio habían vivido un noviazgo de más de cuatro.  Nunca habían sido la pareja perfecta, su relación era una montaña rusa, un torbellino de altibajos que alternaba momentos de felicidad y bonanza con gritos, insultos e incluso algunos episodios violentos.  Pese a todo, aquello nunca había parecido preocuparles, se soportaban, convivían, se habían acostumbrado profundamente el uno al otro y entre ellos había nacido un profundo halo de dulce resignación, un agradable conformismo respecto a su vida en pareja que les hacía no plantearse otras opciones, a pesar de saber que dichas opciones existían y que muchas de ellas seguramente serían mejores que su aburrida y melancólica rutina. 
Raymond seguía pasando la aspiradora con los ojos fijos en el suelo, ensimismado en sus pensamientos, ausente del resto del mundo y de todo cuanto ocurría en él.  Su mirada acompañaba continuamente el camino que el aspirador describía sobre la espesa moqueta de color rojo hasta que, de pronto, se detuvo un instante, observando con una leve sonrisa un pequeño quemazo en la alfombra.  Raymond comenzó a recordar las primeras semanas que pasaron en aquella casa, nada más casarse.  Solían follar en cualquier sitio, todo era nuevo y desconocido, el sofá, el suelo del pasillo, la encimera de la cocina, de pie apoyados contra la puerta principal.  Eran buenos tiempos.  Ahora era incapaz siquiera de recordar la última vez que habían hecho el amor.  ¿Hacía dos semanas?  Era muy posible que fueran tres.  Comenzó a sentirse extrañamente excitado y pensó que quizá aquella sería una buena noche para volver a descubrir el sexo.  Permaneció unos minutos más pasando la aspiradora con una mueca idiota de felicidad en el rostro, hasta que unos ruidos le sacaron de su feliz letargo.  Estiró de nuevo el brazo para apagar la música y comenzó a escuchar el sonido de su timbre mezclado con unos fuertes golpes, como si alguien estuviese aporreando la puerta.  Caminó rápidamente hacia la entrada, cada paso que daba los ruidos se hacían más intensos y comenzaba a escuchar también gritos lejanos, motores de coche e incluso la sirena de una ambulancia.  Por fin, llegó hasta la puerta, la abrió y se dio de bruces con la cara desencajada de su vecino Paul, escoltado por dos policías y varios vecinos más.
- ¿Qué demonios haces?  ¿Qué estabas haciendo Raymond?  ¿No nos oías? - Paul gritaba con los ojos fuera de las órbitas y el gesto roto.  Respiraba con dificultad y lo que decía apenas resultaba comprensible.
- ¿Qué coño pasa Paul?  ¿De qué estás hablando?  - respondió Raymond sorprendido.
- Señor, su esposa… - dijo el policía que estaba a la izquierda de Paul adelantando ligeramente su posición.
Raymond giró rápidamente la cabeza en dirección hacia la cocina totalmente confundido, aturdido.  No veía a su mujer por ninguna parte.
- ¡Raymond!  ¡Raymond!  Escúchame por favor, escucha.  – dijo Paul mientras lo agarraba con fuerza por los hombros y le miraba a los ojos presa del pánico.  Raymond, Rita se ha tirado.  Se ha tirado por la ventana.  La ambulancia debe de estar a punto de llevársela ahora mismo.
Raymond se quedó petrificado, su rostro poco a poco se fue descomponiendo, sus facciones explotaban una tras otra otorgándole una apariencia cuasi deforme mientras los ojos comenzaban a abrasarle.  Fue corriendo a la cocina, se asomó a la ventana y vio una ambulancia de color blanco y una gran multitud que rodeaba la acera.  No veía a su mujer.  Atravesó el grupo de gente que taponaba la puerta de su casa con un fuerte empujón y bajó a toda velocidad las escaleras.  Al salir a la calle se hizo hueco violentamente entre la marabunta de gente hasta llegar al charco de sangre espesa y granate que había en el borde de la acera y que parecía ser el punto de interés sobre el que se formaba todo aquel tumulto.  Se acercó a la ambulancia y cuando estaba a punto de entrar por el portón trasero un corpulento enfermero se lo impidió.
- ¿Dónde va usted?
- ¡Es mi esposa!  - contestó Raymond gritando y lleno de ira.
- Lo siento, cálmese, en este momento no puede pasar, cálmese, nos estamos ocupando de ella, aguarde unos instantes, se lo ruego.  – inquirió el enfermero tratando de ser amable.
- ¡¿Cómo está?!  ¡Dígame como está maldita sea!  - chillaba Raymond agitando los musculosos brazos del hombre.
- Ahora mismo le diremos algo, la doctora está dentro, nos iremos al hospital dentro de un momento.  – contestó tratando de tranquilizarle.
Raymond se quedó paralizado delante del hombre con la mirada perdida, el joven enfermero continuó hablándole tratando de atenuar en la medida de lo posible el shock, pero Raymond no le escuchaba, sus ojos apuntaban hacia la luna y las estrellas y daba la impresión de que a pesar de que su cuerpo estuviese erguido y tembloroso al lado de la ambulancia frente a aquel enfermero, él ya no estaba allí.  Sólo unos instantes después una médico de urgencias muy joven se acercó por detrás y habló con el enfermero.  Ambos se plantaron frente a Raymond, que continuaba en estado catatónico mirando hacia el cielo y respirando compulsivamente. 
- Señor, tenemos que ir al hospital enseguida.  – dijo la doctora.
- ¿Cómo está?  ¡Dígame cómo está por favor!  - gritó Raymond.  Vamos, voy con ustedes, deprisa.  – dijo volviendo en sí repentinamente, haciendo ademán de entrar en el vehículo.
- Lo siento, lo siento de verás, pero no es conveniente que venga con nosotros.
- ¿De qué cojones está hablando?  ¡Es mi jodida esposa!  ¿Cómo no voy a ir?  - contestó Raymond absolutamente enfurecido, fuera de sí.
- Escuche señor…
- Carter.
- Señor Carter, su esposa ha sufrido una caída muy dura.  Lo lamento… lamento decirle que ha fallecido.  Será mejor que vaya en uno de los coches de policía, no le recomiendo que la vea.  Lo siento, lo siento de verás.  – dijo la médico con rostro compungido.
El rostro de Raymond se quedó seco, sin vida.  Unos segundos después volvió a parpadear y su gesto pareció tornarse más sereno, más tranquilo.
- ¿Ha.. muerto?
- Me temo que sí, créame que lo siento señor Carter.
- ¿No puedo verla?  ¿No puedo ir con ustedes?  - preguntó Raymond con voz cadenciosa, impotente.
- No le recomiendo que la vea.  No puede venir con nosotros, lo siento, en casos de defunción no se permite que nadie vaya en la ambulancia.
- Por favor, déjenme acompañarles, iré delante con ustedes, por favor.  – Raymond comenzó a llorar mientras pronunciaba estas palabras, las lágrimas brotaban de sus ojos e iban a parar directamente a la acera, dónde casi llegaban a fundirse con el reguero de sangre que venía deslizándose desde el lugar de la caída.
- Lo siento, pero las normas son…
- Por favor, se lo ruego.  – repitió Raymond con una expresión capaz de enternecer al mismo diablo.

CONTINUARÁ... 
 

        © D.A.S 2009



Recomendación musical: Michael Hurley - Armchair Boogie
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Uno de los discos que más he escuchado nunca y sigo escuchando.  Folk cinemático de estar por casa, grabado analógicamente, precursor del anti-folk de Adam Green y la new-weird wave que se lleva tanto ahora en los USA.  Te flipará si te gusta Elliot Smith, Bigott, Cass McCombs, Nick Drake, Syd Barret... 


Recomendación literaria:  Antología - Raymond Carver
- Antología con un montón de piezas del mejor relatista desde Chéjov.  Contienen partes de "Catedral", "Quieres hacer el favor de callarte por favor?", "Vidas cruzadas", "De qué hablamos cuando hablamos de amor?".  Realismo sucio, la rutina más pútrida y cotidiana convertida en la mejor literatura.  Alucinante, uno de mis escritores favoritos. -
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1 comentarios:

Gente Humilde dijo...

La verdad? no sé muy bien qué decir...han sido muy pocas lineas y casi le había cogido cariño a Rita. Nunca es bueno vivir con extraños.

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