miércoles, 30 de marzo de 2011

LA INCREÍBLE HISTORIA DE MARVIN PONTIAC





Cuenta la leyenda que Marvin Pontiac fue un bluesman nacido en Detroit en 1932.  Hijo de una newyorkina judía que por lo visto estaba como una regadera y de un musulmán de apellido Touré, como los futbolistas.  En 1934, su madre entra en un sanatorio y el pequeño Marvin se va a Mali con su padre.  Allí se cría y comienza a enamorarse de la música hasta que a los 15 años regresa a los USA.  Se instala en Chicago y comienza a tocar la harmónica en la calle.  Es en esta época cuando, más leyenda todavía, nuestro hombre se pelea con el mítico harmonicista Little Walter, que por lo visto le da un repaso serio, tanto que Marvin, humillado, decide cambiar de ciudad y mudarse a Lubbock, Texas.
Poco después participó en el exitoso atraco a un banco, y, por fin, con 20 añitos, consiguió su primer éxito con el tema “I´m a doggy”, que, cosas de la vida, también fue un rompepistas en el siempre apasionante mercado musical nigeriano.  Y la historia sigue, se muda a Louisiana y allí continúa tocando en porches, clubes desvencijados, esquinas y demás escenarios de primer nivel, hasta que en 1970 dice ser abducido por marcianos y unas semanas después es detenido por circular repetidamente en pelotas montado en bicicleta.  Lo encierran en una madhouse, pero Marvin era muy hábil y se escapó, consiguiendo regresar a Detroit.  En 1977 lo arrolló un ómnibus y murió al instante.



La única grabación conocida de este genio, cambió la vida musical de, al loro, gente como Iggy Pop, David Bowie, Beck, Tom Waits, Michael Stipe… dicho por ellos mismos en varias entrevistas, me da pereza enlazarlas todas, pero he checkeado las de Waits e Iggy.
Dicha grabación es “The Legendary Marvin Pontiac Greatest Hits”. 
El disco es una obra maestra de cabo a rabo, una de las cosas más rematadamente complejas, bien producidas y mejor tocadas que uno puede encontrar.  Una locura de álbum que mezcla blues pantanoso, funky bizarro, spoken word, acid jazz, ritmos afro… una joya vamos.
Por sonar suena a yo que sé, ¿a que sabe en realidad un huevo frito?  Suena a Tom Waits, a Fela Kuti, a una tribu de africanos tocando el saxo como si fueran Coltrane mientras canta Howlin' Wolf puesto de ácido, a blues del Delta…
Las letras de las canciones son perlitas como “Soy un perrito, apesto cuando me mojo nena, soy un perrito, apesto cuando me mojo”  (“I´m a doggy”).
Sintetizando, el disco es una experiencia hipnótica y profunda, algo para escuchar de cabo a rabo dentro con toda su densidad.  A mí me suele resultar lisérgico en cierto modo, uno de estos discos que te los tragas de principio a fin y terminas pensando en dios sabe qué o viajando a quién sabe donde.  El tempo de todos los temas, bastante similar, se te mete dentro y te maneja a su aire, el corazón te palpita siguiendo la línea rítmica, mueves la cabeza como un idiota y sonríes.  Se me llena la boca...
Y aquí llega lo bueno: los músicos de estudio del álbum no son gente de la época, sino que son músicos míticos e ilustrísimos de la escena avant-garde del jazz y el blues de finales de los 70 y principios de los 80.  Lumbreras como Marc Ribot, John Medeski y Jamie Scott, entre muchos muchos otros.  Y el productor no es otro que… John Lurie, que estás en las alturas.



Obviamente el tipo que toca la guitarra, alguna vez el saxo y, sobre todo, canta en todas las canciones del álbum, el supuesto Marvin Pontiac es, en realidad, John Lurie, el bienllamado “hombre del renacimiento del siglo XX” por la escena artística de los USA y que termina resultando tan jodidamente cool que hasta casi da rabia.  Actor en “Stranger than paradise” o “Down by law”, músico tanto en solitario como con “The Lounge Lizards” (increíble banda de off-jazz y vanguardia) y compositor de bandas sonoras, pintor de los que venden caro e incluso presentador de TV en el alucinante programa “Fishing with John”, en el que el tipo pasaba a buscar en coche a algún colega a la puerta de su casa y viajaban al Caribe, a Australia o Islandia para pescar.  Sí, pescar, y hablar un poco de todo mientras navegaban en el bote y esperaban que picasen las truchas.  Por este programa pasó gente como Jarmusch, Tom Waits o Dennis Hopper, y merecería todo un post aparte.

La cosa es que el listo de Lurie se subió al carro de rescatar viejos bluseros olvidados y se pasó de vueltas, tanto que se inventó uno nuevo para dar rienda suelta a sus delirios.  Este hombre es un genio, os lo juro.
Al modo de Bowie y su Ziggy Stardust, Marvin Pontiac es el alter-ego chalado (más aún) de Lurie, y como regalo un disco inimitable, imprescindible, y maravilloso.  Oh! Sí, maravilloso.

Y aquí el disco:  The Legendary Marvin Pontiac



1 comentarios:

Roy Mayne dijo...

Gracias infinitas

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