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martes, 25 de agosto de 2009

JIM FENDERS (NYC)



JIM FENDERS (NYC)

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Hay que tener el cerebro muy pequeño o las pelotas muy grandes para aceptar una proposición de matrimonio teniendo sólo 19 años.
Mark no era ni demasiado valiente ni demasiado idiota, pero había cometido el error de dejar a su novia embarazada. Llevaba ya más de tres años saliendo con Lily y a pesar de que no habían hecho el amor más de media docena de veces, ella se había quedado preñada.
Cuando se dieron cuenta de que Lily tenía algo más que sobrepeso ella ya llevaba cinco meses de embarazo. Desventajas de que tu novia esté gorda.
Practicar un aborto a finales de los 50 era peligroso, no era un juego de niños, no se arreglaba con una pastilla o un simple golpe de bisturí.
Además, las familias de ambos eran amigas desde hacía muchos años, Mark, Lily, los chicos y yo llevábamos juntos desde el jardín de infancia.
Ellos, las familias, lo tenían muy claro, el niño nacería. Por parte de Lily su tía materna había abortado cuando era bastante joven, le hicieron una chapuza y no podía tener hijos. En el lado de Mark las razones eran todavía más sencillas: su abuelo había sido el diácono del pueblo durante muchos años, su familia llevaba varias generaciones bendiciendo la mesa y cantando salmos los domingos. Sus familias eran los típicos estereotipos de conservadurismo rancio y anticuado dentro de una comunidad rancia y anticuada. No tenían salida.
En la Universidad la noticia se expandió del mismo modo en el que la televisión anuncia una catástrofe mundial o el augurio de una nueva gran crisis, rápido y alocadamente.
Lily dejó de acudir a clase en cuanto sus padres se enteraron del suceso.
Mark aguantó sólo un par de días. La gente le miraba por los pasillos cómo si fuera un infectado, un asesino o algo peor. Los profesores no podían evitar dedicarle varios gestos de desaprobación a lo largo de los insoportables soliloquios que acostumbraban a ser las clases. No importaba que hablasen de la Antigua Roma o de la política exterior de nuestro país durante la guerra fría, Mark no se libraba de sus afiladas miradas con el ceño fruncido, haciendo caer sobre él toda la vergüenza que cabía en aquellas frías aulas.
El único profesor que mostró un poco de comprensión y que trató sinceramente de ayudar a Mark fue el señor Lurie, nuestro maestro en Antropología. El señor Lurie no estaba bien visto dentro del resto de docentes de la escuela, sus pantalones vaqueros, la música rock’n’roll que salía de su coche al llegar a la escuela o el hecho de que fumase delante de los alumnos solían ser un tema de conversación recurrente desde las mismas esquinas de la Universidad hasta las reuniones entre padres y profesorado. Pero era el mejor. Había estudiado en Europa y trabajado allí por muchos años, incluso había publicado algún libro. Él nos apreciaba, no tanto cómo nosotros a él, pero nos tenía cierto cariño. Mark, Jules y yo no éramos los mejores estudiantes, pero sí éramos vivos, pícaros y divertidos, cualidades que, sospechaba, hacían rememorar al señor Lurie su no tan lejana juventud.
El segundo día que Mark aparecía por la Universidad nos cruzamos con él al salir de clase. Se acercó a nosotros con sus pantalones vaqueros y su vieja pluma siempre en la oreja asomando a través de su pelo negro, sonriendo mientras miraba a Mark de arriba abajo.
- Chico, la has hecho buena, ¿cómo se te ocurre dejar preñada a esa jovencita? - dijo en tono cómico.
Mark miraba al suelo con gesto avergonzado, sin saber qué decir.
- ¿Y qué, cuando es la boda? - preguntó bordeando la línea entre la triste seriedad y la simple broma.
- La semana que viene.
- ¿De verás?
Mark asintió sin dejar de mirar hacia el suelo mientras el rostro del señor Lurie comenzaba a parecerse al de alguien a quién acaban de darle una mala noticia.
- Escucha Markie, no sé que quieres hacer, eres joven y supongo que estarás hecho un lío, pero piénsalo bien, sé que puedes estar enamorado de esa chica, pero la vida es muy larga y el mundo muy grande, tienes mucho camino por delante, la vida no se acaba en este pueblo.
Mark estaba muy tenso, podía notarlo, le conocía bien. El señor Lurie no le conocía tan bien, no le hacía falta, también notó enseguida la creciente ansiedad de Mark. Se acercó más a él y puso la mano sobre su hombro.
- Escucha Markie. mi hermano mayor me dio este libro cuando yo aún era un muchacho, ya lo he leído por lo menos diez veces. Es tuyo. Y recuerda, pienses que has tomado la decisión correcta o no, tienes razón. – le dijo mientras sacaba un libro de su viejo maletín negro y escribía algo en él con su pluma.
- Esta pluma es eterna, lo que escribe dura para siempre, es imposible borrarlo. – sonrió con el libro entre las manos mientras finalmente se lo entregaba a Mark.
- Cuida de él, no es fácil ser un buen amigo, tendrás que esforzarte. – dijo el señor Lurie con la mano todavía sobre el hombro de Mark mientras me miraba con gesto cómplice.
- Es mi mejor amigo, me cortaría un brazo por él si fuese necesario. – dije rápidamente con tono decidido y emocionado.
- Y yo también. – dijo Mark levantando enseguida la cabeza y mirándome primero a mí y después al señor Lurie.
- Lo sé chicos, lo sé, no debéis permitir que nadie nunca os quite eso.
Y se marchó caminando con la chaqueta agarrada con la mano y echada a su espalda. Mark y yo nos quedamos mirándole y permanecimos inmóviles hasta que vimos su descapotable de color rojo alejarse por la vieja carretera sin asfaltar.

La semana siguiente vi a Mark una sola vez, estaba demasiado ocupado con los preparativos de la celebración. Es curiosa la rapidez con la que se suceden las cosas. La sorpresa inicial y el revuelo que había causado en el pueblo el embarazo de Lily y el posterior anuncio de la boda habían mutado a una sincera emoción popular tanto respecto a la sagrada unión cómo ante la llegada del bebé.
La gente en el barrio lo comentaba alegremente, celebraban que aún quedasen parejas cómo las de antes, padres jóvenes que no tuvieran miedo a comprometerse.
Yo, por mi parte, no lo veía tan claro. Mark y yo éramos amigos desde siempre, lo conocía mejor que nadie, era un chico algo travieso y alegre, simpático y bastante inteligente, habíamos pasado tardes enteras tirados frente al río planeando mil viajes primero al otro extremo del país, después a Europa, y finalmente a sitios recónditos y exóticos cómo Australia o África. Desde que fuimos unos simples chiquillos soñábamos con escapar de casa y vivir mil y una aventuras.
Cuando conocimos al señor Lurie siempre hablábamos con Jules acerca de que terminaríamos montando nuestra propia banda de rock y seríamos famosos, recorriendo el mundo mientras conocíamos a chicas de todos los países.
Mark estaba enamorado, o eso parecía al menos, y Lily era una gran chica, pero de ahí a que tu vida termine cuando aún no has cumplido los veinte hay un gran paso. Dudaba mucho que mi amigo quisiera hacerse mayor tan deprisa.
En la única visita que pude hacerle lo noté preocupado, ausente, extraño. Estaba de pie mirando un póster con la imagen de Rita Hayworth que tenía colgado sobre el escritorio de su habitación.
- ¿Cómo estás amigo? ¿Contento? - dije intentando sacarlo de su embelesamiento.
- No sé que decirte, esto es demasiado, estoy aturdido, los días pasan rápido y aún no sé que pensar.
- Vamos, anímate, no eres el primero que se casa, además, seguro que tampoco está tan mal. – le dije mintiendo, intentando hacerle sentir mejor.
- Tú y yo siempre nos reímos de la gente que se casa tan joven. El año pasado cuando tu hermana se casó con Mike estuvimos meses metiéndonos con ella, y ni siquiera estaba embarazada. – contestó con pesar.
- Bueno, pero esta vez sois Lily y tú, es diferente.
- ¿Por qué es diferente? - preguntó sorprendido.
- Bueno, por eso mismo, porque eres tú.
- No es diferente, es igual que todos los demás. – contestó desviando sólo por unos instantes la mirada del enorme póster en blanco y negro.
No pudimos hablar mucho más, su madre y sus tías estaban en casa probándose miles de vestidos y obligando a Mark a ensayar una y otra vez las posiciones, los gestos y las palabras que tendría que repetir en la ceremonia.

El día de la boda fue el más bonito de lo que llevábamos de primavera. El cielo estaba azul y el sol brillaba, pero sin llegar a imponer un calor demasiado severo.
Yo, lógicamente, era el padrino, y mi deber era acompañar al novio desde primera hora de la mañana. Me desperté muy temprano y fui a casa de Mark. Mi presencia pasaba totalmente inadvertida ante la marabunta de familiares que recorrían la casa arriba y abajo, hablando, gritando, sonriendo nerviosamente, excitándose los unos a los otros con palabras llenas de un júbilo desenfrenado e irracional.
Traté en varias ocasiones de acercarme a Mark para charlar con él un rato antes de llegar a la iglesia, pero me resultó del todo imposible. Mientras hordas de hombres, algunos de los cuales no había visto en mi vida, le rodeaban continuamente inundándole con consejos acerca de la vida, yo estaba prisionero en la cocina aguantando los interminables e insufribles lamentos de su madre por perder a su pequeño; lamentos que se convertían en cuestión de segundos en alabanzas a su madurez y palabras de orgullo hacia su inminente matrimonio y paternidad.
Salimos de casa de Mark en el coche de su padre. Él iba de copiloto, su padre conducía y yo iba embutido en la parte de atrás escoltado por los hermanos de su padre y su madre. Los hombres llevaban bebiendo desde primera hora de la mañana, estaban alegres y locuaces, no dejaban de hablar en voz alta jactándose de su hombría y mofándose primero de sus mujeres, y después de todas las mujeres. La conversación fue subiendo de tono hasta que el padre de Mark y uno de sus tíos hicieron un comentario fuera de lugar acerca del club de alterne que había a las afueras del pueblo. Ni Mark ni yo lo entendimos del todo, pero justo antes de llegar a la iglesia giró su cabeza y me miró con ojos tristes y gesto cabizbajo. Me dejó muy preocupado.
A llegar a la iglesia los invitados se amontonaban en la puerta, exultantes, luciendo sus mejores galas. En la mayoría de los casos, sus únicas galas.
Jules, Suzanne y el resto de nuestros amigos habían quedado temprano para desayunar en “Timothy’s” antes de ir, pero no llegué a encontrarlos entre aquella maraña de gente y ropajes.
Pasamos dentro de la iglesia, ya había muchas mujeres mayores sentadas aleatoriamente en las filas no asignadas para la familia, ese tipo de mujer mayor sin vida propia que vive simplemente para empatizar con los demás. Sus alegrías, sus mejores momentos, son los de los demás, del mismo modo que sus tiempos más tristes, dónde todo es muerte y pesar, también son los de los demás. No faltaban nunca a ninguna boda, y mucho menos a un entierro. No tenían vida propia.
Todavía no había visto a Lily, la tradición que dice que da mala suerte ver a la novia antes de la boda estaba en esta época más viva que nunca.
Me escabullí a una de las muchas habitaciones medio escondidas y recónditas que había en la iglesia y encendí un cigarrillo.
Lo fumé mientras daba vueltas por aquella diminuta estancia pensando en cómo actuaría yo si estuviera en la situación de mi amigo. ¿Qué hacer si se supone que tu novia va a tener un hijo tuyo y vuestras familias han decidido que os caséis? ¿Salir huyendo? Quizá sería la mejor opción después de todo.
De todos modos no era yo quién se casaba, era Mark, mi mejor amigo, así que mi deber era compartir aquel momento con él y dedicarle las palabras adecuadas y mi mejor sonrisa.
Cuando estaba a punto de terminar el cigarro apareció por la puerta el padre de Mark:
- ¡Chico! ¿Qué demonios haces aquí? Te hemos buscado por todas partes maldita sea, los invitados ya casi han entrado, Mark te está esperando arriba, ¡date prisa!
Subí corriendo las escaleras hasta la habitación en la que Mark, solo, me esperaba para la última charla antes del gran momento. También era tradición que el padrino fuera el último que acompañara al novio antes del paso definitivo.
Entré en la habitación, Mark estaba sentado en una silla con la cabeza apoyada hacia delante sobre sus manos. Me acerqué hasta él, estaba temblando.
- ¿Markie, estás bien amigo? - pregunté preocupado.
- No, claro que no estoy bien, me voy a casar joder, ¿cómo quieres que esté bien? Ya no va a haber banda de rock, no va a haber mujeres, ni rubias ni morenas, no vamos a viajar a Europa ni a África, ¿cómo quieres que esté bien? - dijo entrecortadamente.
- Pero, ¿qué quieres decir? Esta es tu boda, vas a tener un hijo.
- Se la he metido tres veces a Lily, ¿tú crees que pensaba que se iba a quedar embarazada? - contestó nervioso.
- No, supongo que no. Escúchame amigo, por lo visto esto es lo normal antes del gran momento, son los nervios nada más. Lily es tu chica, vais a tener un hijo juntos y todo va a salir bien, relájate ¿de acuerdo?
- No quiero relajarme joder, tienes que ayudarme, eres mi mejor amigo, no quiero casarme demonios, no ahora y no así al menos. Esto es demasiado, no sé que hacer, tienes que ayudarme. – Mark sollozaba amargamente y hablaba de un modo enormemente desesperado.
- Vamos Markie, estoy aquí, soy tu amigo, tranquilízate.
Nos abrazamos y Mark comenzó a llorar como un niño pequeño, desconsolada y nerviosamente. Nunca lo había visto tan hundido.
- Esto me supera, ha ido demasiado lejos, tienes que ayudarme, yo no sé que hacer, no sé que hacer, tienes que ayudarme, hasta ahora siempre nos hemos salvado el uno al otro, no me dejes ahora por favor. – dijo Mark mientras sus ojos rojos e hinchados miraban directamente a los míos.
Se sentó y volvió a poner su cabeza apoyada sobre sus manos.
Yo caminé hasta la pequeña ventana desde dónde se observaba el interior de la iglesia. La familia de Lily estaba a la izquierda, la de Mark a la derecha, detrás de ambas estaban los amigos de cada clan, podía ver a Jules, Suzanne y los demás, y detrás de estos una mezcolanza de amigos comunes, viejecitas alegres, niños, etc.
Busqué al señor Lurie en medio de todo aquel caos, pero no lo encontré. Volví a escrutar el bullicio durante unos instantes más con la misma suerte. No había venido.
Me acerqué a Mark, aún estaba llorando.
- Deja de llorar amigo mío, vamos a salir de esta. No te casarás hoy, lo prometo. – dije con gran decisión.
Mark se secó las lágrimas de las mejillas y me miró con gesto de extrañeza, totalmente aturdido.
Salí de la habitación a toda prisa buscando al reverendo Miller. Intenté abrir todas las puertas que encontré a mi paso pero estaban cerradas, tras forzar el pomo de una de ellas y cuando ya estaba reanudando mi carrera escuché algo:
- ¿Quién anda ahí?
- Soy el padrino, reverendo Miller.
El reverendo abrió la puerta, vestido para la ocasión.
- Hola muchacho, date prisa, deben estar esperándonos. – espetó risueño.
Comenzamos a recorrer el pasillo hacia las escaleras que llevaban al patio inferior.
- Padre, Escúcheme por favor, esta boda no puede celebrarse, ¡Mark no quiere casarse, todo esto es un terrible lío!
El reverendo me miraba con gesto de desaprobación, casi de enfado.
- No digas sandeces muchacho, Mark está nervioso, cómo todos antes de casarse, nada más. – contestó impasible mientras continuábamos caminando.
- Pero padre, ¡tiene que escucharme por favor! ¡Mark no quiere casarse, tiene que ayudarme a parar todo esto!
- Escucha jovencito, tu amigo ha dejado embarazada a esa muchacha, debe casarse y formar una familia, no hay más que hablar, no tiene elección – contestó el padre definitivamente enfadado.
Llegamos al final del pasillo y agarré al reverendo por el brazo intentando frenarlo, él se dio la vuelta, me miró con cara muy seria y habló.
- Dile a tu amigo que baje enseguida, esto tiene que empezar. – dijo mirando cómo mi mano agarraba su brazo.
- Padre, por favor, tiene que escucharme, ayúdeme a parar esto. – insistí desesperadamente, fuera de mí.
- Vete al infierno mocoso. – me contestó con desprecio.
El reverendo Miller se dio la vuelta y comenzó a bajar por la escalera. Miré fijamente su ridículo gorro y le empujé violentamente con ambas manos. Salió despedido emitiendo interrumpidos y sonoros gritos mientras daba volteretas durante los 42 escalones que separaban el piso superior y el inferior. Volví corriendo a la habitación y me encontré con Mark justo en la puerta.
- ¿Qué ha pasado?
- Vuelve a la habitación, por favor. – contesté mirándole fijamente a los ojos.
Mark se dio la vuelta y entró de nuevo en la habitación. Cerré la puerta tras de mí y fui corriendo hacia las escaleras. Cuando llegué el padre de Mark y el de Lily ya estaban rodeando el cuerpo del reverendo, bajé corriendo las escaleras y recé para que estuviera muerto.

El viejo reverendo Miller falleció en el acto, el pueblo entero se cubrió de luto y Mark no se casó. Cinco días después de aquello nos escapamos hacia el Este. Al llegar a Nueva York comenzamos a frecuentar los sórdidos ambientes del jazz y los hipsters. Formamos un grupo de música, pero no nos fue nada bien, demasiadas drogas y muy poco dinero. Fueron tiempos extraños, estuvimos varios años dando tumbos, viajando y viviendo con lo mínimo, consumiéndonos poco a poco. Una noche discutimos violentamente y a la mañana siguiente cada uno siguió su camino. No lo he vuelto a ver desde entonces.
Las cosas han cambiado mucho, yo retomé la carrera e hice nuevos amigos, ahora soy contable en Albany y pasado mañana me caso con Betsy, mi novia desde los últimos seis años.
No sé cómo demonios ha podido encontrarme el cartero, pero esta misma mañana he recibido un paquete de Mark. En la parte frontal del sobre solamente pone “Para Jim Fenders, NYC” y por lo que dice el remite él debe estar en algún lugar de África.
Dentro del paquete estaba el viejo libro que el señor Lurie le dio al enterarse de su boda con Lily hace ya muchos años. El libro está maltratado y bastante estropeado, pero en la última de sus hojas, contra todo pronóstico, todavía puede distinguirse la dedicatoria que nuestro antiguo maestro había escrito con su vieja pluma. El trazo no era tan imborrable cómo el señor Lurie siempre nos hacía creer, no se entendía demasiado bien, pero a pesar de todo conseguí leerla.
Resulta agradable comprobar que después de todo quizá sí haya cosas que duren para siempre.
© D.A.S 2009

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martes, 30 de junio de 2009

LULU



La hermosa joven se despidió del público dejando caer su nombre: Lulu. Cantó “Blue Moon” y se retiró.
Instantes después apareció por la barra, y Verlain y yo la invitamos a sentarse.
En una primera instancia se negó, pero al ver nuestros ojos de borrachos felices aceptó tomar una copa de vino.
- Has estado fantástica. Cantas realmente bien. – le dije sinceramente en inglés.
- Muchas gracias. – contestó ella en un inglés afrancesado totalmente encantador.
- Sí, nos has embelesado a los dos, no podíamos quitarte los ojos de encima. Yo soy Dean, y mi guapo amigo es Sal – dijo Verlain con cierto tono pícaro mientras sonreía.
- Gracias, muchas gracias de verdad. – contestó Lulu mirando hacia el suelo.
- ¿Actúas aquí todas las noches? - pregunté yo.
- Tres veces por semana.
- Muy bien, creo que el siguiente día no nos lo perderemos ¿verdad amigo? - dijo Verlain mirándome con expresión cómplice.
- Puedes apostar a que no. – respondí mirando a Lulu a los ojos.
Pedimos otra botella y hablamos de banalidades mientras un pianista blanco muy mayor repasaba clásicos del jazz de los 50 y 60.
En el momento que Lulu fue al servicio aproveché para hablar con Verlain.
- Escucha Verlain…
- Dean.
- Dean. Me gustaría irme con ella. ¿Cómo lo ves? - pregunté con poca convicción. La pregunta tenía más que ver con el hecho de dejar a Verlain solo que con el de que estuviese seguro o no que tenía posibilidades con Lulu.
- Creo que la tienes en el bote. Has visto cómo te mira? Es muy joven, supongo que le pareceré mayor. – dijo riendo. Escucha Sal, volveré solo al hotel, pagaré otra habitación y la dejaré a tu nombre ¿de acuerdo? Podéis dormir allí. Mañana nos reuniremos para cenar y me cuentas cómo ha ido.
- Te debo una amigo.
- No me debes una mierda. Iré a pedir otra botella y me marcharé, tú haz lo que tienes que hacer. – dijo mientras se levantaba de la mesa.
- Lo haré. Hablaremos mañana. No apagues el teléfono móvil.
- Suerte chico. – dijo mientras nos abrazábamos ligeramente.
Verlain se acercó a la barra y después de hablar con el camarero se perdió por las cortinas rojas que llevaban a la puerta al final del pasillo.
Lulu y yo nos besamos en la siguiente copa de vino y nos marchamos cuando estaban a punto de cerrar.
Me dirigí hacia la barra con ella del brazo y pregunté al camarero:
- ¿Qué le debo jefe?
- Su amigo ya ha pagado la cuenta. Y muchas gracias por la propina. – dijo alegremente.
Llegamos en taxi al hotel, el recepcionista nos sonrió y me dio la llave, subimos en el ascensor besándonos ansiosamente cómo dos jóvenes enamorados.
Entramos en la habitación y sobre la cama había una botella de champagne dentro de una hielera, un ramo de flores y una nota.
“Pasadlo bien y disfrutad de la botella.
Nos vemos mañana a la hora de la cena.
Vuestro amigo:
Dean”

Estábamos muy borrachos y cachondos y Lulu se abalanzó sobre mí nada más servir la primera copa. Cogió la botella de champagne y comenzó a derramarla sobre mi pecho desnudo lamiéndome cómo si fuera lo último que iba a hacer en la vida mientras yo sujetaba su delicado cuerpo desde la cintura y ella se contoneaba a golpes de cadera.
Hicimos el amor salvajemente en aquella enorme cama durante más de dos horas seguidas. Fue maravilloso. Después caímos rendidos.
Nos despertamos hacia las tres de la tarde y volvimos a hacer el amor. Nos quedamos tumbados boca arriba cogidos de la mano.
- ¿De dónde eres? - pregunté.
- Soy de Camerún, pero vine a Francia muy pequeña. Mi familia y yo vivimos durante un tiempo en Lyon, y después vinimos aquí, a París. ¿Y tú?
- Soy de Barcelona.
- Me encanta Barcelona, nunca he estado, pero me encantaría ir, ¿me llevarás algún día?
- Es posible. – respondí con una falsa y confusa sonrisa.
- ¿Y a qué te dedicas?
- Soy escritor. Viajo por el mundo viviendo la vida y escribiendo lo que me pasa.
- ¿Hablas en serio? - sus ojos se abrieron cómo platos, su rostro tenía una expresividad exacerbada que acentuaba aún más sus preciosos rasgos.
- Claro.
- Vaya. Debe ser el mejor trabajo del mundo. – dijo, pensándolo de verdad.
- No está mal. Trabajo para varios periódicos importantes, me pagan muy bien. – contesté convencido, siempre se me había dado bien creerme mis propias mentiras.
- ¿Y tú a que te dedicas? - pregunté expectante.
- Estudio Bellas Artes, me gusta pintar. Canto en el club tres noches por semana y por las tardes doy clase de francés a niños emigrantes. Vivo en una pequeña habitación en Montmartre.
- Vaya, me has dejado impresionado. – dije agitando la cabeza.
- No, tú eres el que me ha sorprendido a mí. – contestó riéndose.
Nos besamos tiernamente y nos abrazamos durante un rato.
- ¿Sabes? Hace tiempo que no me cruzaba con nadie cómo tú, tienes algo, no sé que es, pero tienes algo, y ese algo es bueno, me gusta estar cerca de ti. – me dijo mientras clavaba sus grandes ojos negros en los míos y movía los labios de un modo extremadamente sensual.
- Gracias. Eres fantástica, lo supe desde que te vi sobre el escenario. – hablé mirando hacia la nada, mitad mintiendo mitad diciendo la verdad, pero avergonzado de todos modos.
- Iré a ducharme. ¡No te vayas, vuelvo enseguida!
Entró al baño y me quedé desnudo sobre las sábanas pensando que me podría enamorar de aquella mujer sin ningún tipo de esfuerzo.
Me levanté de la cama y comencé a vestirme, pero no encontraba la camisa. La busqué por todas partes pero no aparecía. . Dejé el ramo de flores sobre la cama, cogí un bolígrafo y una libreta y pensé algo bonito.
De fondo escuchaba a Lulu cantar “Some velvet morning” por encima del ruido de la ducha. No se me ocurrió nada y volví a dejar el bolígrafo y la libreta en su sitio.
Me puse las zapatillas y salí de la habitación corriendo y sin camisa.
© D.A.S 2009

FOTO: William S. Burroughs & Alene Lee (Mardou Fox of Kerouac’s novel The Subterraneans)

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jueves, 11 de junio de 2009

UNDERWORLD



Willy estaba harto de buscar trabajo. La situación laboral del país era desastrosa y él tenía la sensación de encontrarse sumido en una espiral de páginas web de búsqueda de empleo, ETT’S, entrevistas y currículums que, irremediablemente, parecían precipitarle lentamente a la más absoluta depresión.

Era jueves por la mañana, Willy, por fin, tenía su primera entrevista en casi 4 semanas. La empresa era una agencia de comunicación bastante mediocre, y el puesto no tenía demasiado que ver con su formación y su perfil, pero simplemente haber conseguido una cita ya resultaba un gran logro.
Willy era muy puntual, así que después de relajarse tocando su guitarra salió de casa y cogió el metro 45 minutos antes de la hora de la entrevista. Recorrió las 7 paradas que separaban su casa de la agencia en 20 minutos. Durante el viaje se fijó concienzudamente en la gente que viajaba en su vagón. Un grupo de guiris obesas quemadas por el sol, varios obreros ataviados con monos azules y bocadillos envueltos en papel de aluminio, cincuentones ociosos y tristes que leían la prensa gratuita, amas de casa sudamericanas con forma de jarrón, jipis con rastas, jipis sin rastas, estirados con traje hablando por el móvil…
Su mirada bailaba de una persona a otra, observando con atención, pensando, analizando, y, finalmente, juzgando. Consideraba a la mayoría de las personas idiotas, pero aquel cuadro matutino le convencía más que nunca. Toda aquella gente con la mirada perdida y la expresión anónima, sin carácter, incapaces de pensar en nada que no fuera el partido de fútbol del fin de semana o la hipoteca del piso. Entremezclados con sus valoraciones acerca de la masa le atacaban la mente varios pensamientos recurrentes. Solía soñar despierto, imaginarse a sí mismo cómo un gran músico, líder de una de las bandas alternativas más de moda del momento; también se veía cómo el mánager más querido de la escena, rico y adorado a partes iguales. En ocasiones estos pensamientos eran más banales y simplemente soñaba con estar rodeado de mujeres, a cual más bella y amable. Puñados de mujeres que suspiraban por un beso de su héroe.
No le costó encontrar la dirección que la secretaria le había dictado por teléfono. Número 35 2º1ª. Llamó al timbre y contestó una voz femenina, extrañamente dulce y amable, que le invitó a subir.
Una vez arriba Willy empujó la puerta, que ya estaba medio abierta. Una mujer de unos 50 años le invitó a pasar a una salita decorada parcamente y a sentarse en el sofá de cuero negro. Willy lo hizo y esperó el siguiente acontecimiento. Los minutos pasaban, pero era consciente de que había llegado pronto y continuó aguardando pacientemente. Cuando el reloj marcó las 12:45 sus nervios se encontraban ya a flor de piel, estaba decidido a levantarse e ir a preguntar a la extraña y simpática mujer cuando esta apareció por la puerta.
- Perdón por la tardanza cariño. Estas son nuestras chicas. Elija usted la que más le guste. 100 euros media hora. 150 la hora entera. ¡Adelante chicas!
Willy no daba crédito a la situación, se quedó completamente paralizado, con las manos en las rodillas marcando el gesto de levantarse del sofá pero sin conseguirlo. Finalmente consiguió hablar.
- Lo lamento señora, ha debido haber un error.
Pero la mujer continuaba su discurso irreductiblemente.
- Y esta es Annette, es de Francia, todo un encanto cómo puede ver. Gracias Annette cariño. Esta encantadora morena se llama Linda y…
- Disculpe. Discúlpeme por favor, de verdad le digo que creo que ha habido un error. – Willy había conseguido levantarse y hablaba mientras recorría ágilmente el camino de salida.
Una vez fuera respiró hondo, se tranquilizó y bajó al piso de abajo. Ni rastro de la agencia. Volvió a subir las escaleras hasta alcanzar el piso que se encontraba un nivel por encima del que tenía apuntado. Allí estaba, llamó al timbre con cierta vergüenza por el retraso y entró.
La entrevista fue un fracaso, pedían demasiada experiencia y Willy no tuvo ninguna opción.
Mientras bajaba por las escaleras diciendo adiós al trabajo se detuvo, se sentó en una de aquellas frías escaleras y analizó su cartera minuciosamente.
Finalmente llamó de nuevo al timbre de la primera casa, y la misma señora dulce y amable lo atendió con más cariño si cabe.
Willy pasó media hora con Annette y salió de allí.
En el camino en metro de vuelta a casa se sentó en una de las esquinas cercanas a la puerta. Fijó primero su mirada en un hombre con gesto triste que leía un best-seller de tapa dura, después observó a dos mujeres de barrio de mediana edad que estaban sentadas al lado exactamente en la misma postura y con los ojos clavados en la misma dirección, cómo dos réplicas iguales. Después se fijó en un joven, luego en un señor mayor, finalmente en un emigrante negro que le sonreía a la nada por no tener nada… Pasaron las 7 paradas y al salir del metro Willy cayó en la cuenta de que todas aquellas personas, toda aquella masa de gente anónima e insignificante, todos y cada uno de ellos, estaban pensando exactamente lo mismo que él.
© D.A.S 2009

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