lunes, 13 de septiembre de 2010

ODESSA (CANCIÓN DE VERANO Nº 133)



"Shadows in Paradise" (Aki Kaurismäki)


Afuera llueve, pero aquí parece mucho más.

El mundo se inunda poco a poco
y yo sólo quiero
sumergirme en la profundidad abisal de mis miserias,
sentir la falta de aire en los pulmones
y que tu ausencia explote en mi pecho
ahogándome en la muerte que es tenerte lejos,
hasta quedar reducido a un tranquilo mar de sangre seca.
Esperaré lo que sea necesario,
esperaré que al fin decidas venir a quemar tu piel color canela
a la angustiosa soledad de mi playa
y purifiques con el sabor a sexo salado de tu etérea desnudez
la dulzura contaminada de estas aguas.

Afuera llueve, pero aquí parece mucho más.
Parece que nunca va a volver a salir el sol.
            © D.A.S 2010 


jueves, 9 de septiembre de 2010

THE HUSTLER





FICHA TÉCNICA
Título:  El Buscavidas
Título original: The Hustler
Dirección y producción: Robert Rossen
País: USA
Año: 1961
Duración: 134'
Reparto: Paul Newman, Jackie Gleason, Piper Laurie, George C. Scott
Guión:  Sidney Carroll y Robert Rossen (basado en la novela de Walter Tevis)
Fotografía: Eugen Schüfftan


Mi idolatrado Paul Newman es la punta de lanza de esta cinta superlativa que dibuja como pocas la figura del “hustler”  o buscavidas, el tipo soberbio y encantador pero carente de moral que se rige únicamente por el orgullo más enfermo y basa su ideal de vida en llegar a la cima, cueste lo que cueste.
La historia: Eddie (Newman), un virtuoso del billar, quiere ser el número uno, y para ello debe destronar de lo más alto a Minnesota Fats (memorable Jackie Gleason).  Para lograrlo, Eddie no duda en pasar por encima de quién sea necesario, chica incluida (Piper Laurie), anteponiendo su objetivo y su vanidad personal a todas y cada una de las cosas/personas que le rodean.
Y ya está, en el corazón de la simplicidad de esta historia de apariencia banal se transmiten varios de los clichés negativos más inherentes a la condición humana: vanidad, codicia, amoralidad, autodestrucción... el modus operandi tan en boga hoy en día del yo por encima de todos los demás, aquello de que el fin justifica los medios.  Una historia cien veces repetida y un camino mil veces recorrido por la colección de personajes que se deslizan por la película infinita que es el mundo real, desde el oficinista que quiere tener su propio despacho y para ello deja de lado a su familia y pisotea a sus compañeros, el ama de casa que quiere llevar la ropa más cara de todas sus amistades y exprime a su marido y ningunea a sus amigas, hasta el niño pequeño que pelea por ser el mejor del equipo y desprecia inconscientemente a cualquiera que ose poner en peligro su condición de líder.
En cuanto a la técnica, una dirección absolutamente fabulosa del genial Robert Rossen (que rodó aquí su penúltima película, dejando tras de sí una genial carrera que aún pudo ser mejor de nos ser por su persecución por el McCarthysmo), con giros de eje y planos arriesgadísimos que le acercan en ciertos momentos más a sus contemporáneos franceses nuevaoleros que a sus compatriotas estadounidenses, con un manejo del tiempo narrativo espectacular que provoca que las más de dos horas de metraje pasen en un abrir y cerrar de ojos.  La fotografía y la dirección artística (oscarizadas ambas, en tiempos en los que los Oscar eran premios al buen cine), son una muestra fantástica de cómo conseguir más con menos.  El B/N suavizado y la puesta en escena sobria y sombría a partes iguales son dos de las claves para lograr recrear de un modo tan fiel ambientes tan sórdidos como los lúgubres apartamentos o las salas de billar de mala muerte.
En las actuaciones, como no, mención especial para los ojos azules más famosos de las Historia del Cine.  Newman consigue aquí lo que pocos han sido capaces.  Quieres jugar contra él y quieres que te gane, quieres que te rompan los pulgares a ti en lugar de a él, quieres ser su manager y, demonios, hasta quieres ser tú quién le bese cuando la buena de Laurie se le lanza a la boca.  Stanislavski con mayúsculas, uno de los más grandes, que nos regala aquí una de las mejores interpretaciones de un perdedor/ganador que se hayan hecho jamás.
Hay que verla.
Por lo menos una vez.
Al año.
            © D.A.S 2010

lunes, 6 de septiembre de 2010

CARTA DE AMOR DE JEAN-PAUL A OLIVIA NÚMERO 47



Alice in the cities


La misma inconsciencia y tendencia a la autodestrucción que me hace ser quién soy me obliga a lanzarme a la calle a caminar bajo la lluvia y perderme en las tristezas de los ojos de la gente, intentando olvidarme de que el triste soy yo.
Camino sin dirección los callejones y las esquinas con la cabeza agachada, mirando al suelo y dejándome llevar por una flagelante inercia que termina por escupirme a la  mesa de siempre y exigirme que pida un café solo y corto.  Me siento en uno de los bancos de madera desde el que veo tu portal, y tú sabes que estoy allí y yo sé que tú estás en casa y que casi puedes verme a través de las paredes.  Escucho música mientras con los ojos te dibujo saliendo por la puerta número 21, mirando hacia ambos lados y corriendo hacia mí, abrazándome y haciendo detener la lluvia con tu sonrisa.   
Busco con los dedos las canciones más tristes del mundo en mi reproductor de música portátil, todas están allí.  Una tras otra se van sucediendo mientras el estómago se me hace pequeño y el pecho me comprime.  No puedo apartar la vista del negro 21 de tu portal.  Sé que no vas a aparecer, pero el instinto de estupidez inherente al ser humano que hace perder la razón y soñar cosas que no van a ocurrir me hace quedarme, hundirme poco a poco en el banco de madera, ir haciéndome tan pequeño que soy incapaz de sentirme.  Me automutilo los dedos masticando las uñas con avidez hasta que la visión del rojo sangre consigue hacerme sentir vivo de nuevo, porque no siento las piernas, ni las manos, por mucho que me concentre no alcanzo a oír lo latidos de mi corazón, y la gente que vuela a mi alrededor ni siquiera me mira, soy un mueble más dentro del mundo inerte de personas y humo que son las cafeterías de esta ciudad.
Los minutos pasan y sólo la obligación del horario y el trabajo me hace tomar conciencia de que mis piernas y mis manos están vivas y que debo irme. 
Me levanto con las rodillas a punto de partirse por la mitad y hacerme caer, pero lucho contra la gravedad de la ciencia y de este instante y consigo caminar temeroso hacia la puerta, como el condenado que se dirige a morir en la electricidad.  Y en el mismo instante que estoy a punto de salir a la calle, siento en lo más profundo que algo se rompe.  Mis zapatos tienen la suela desprendida, los bolsillos de mi pantalón están llenos de agujeros, mis dedos sangran, mi espalda cruje, mi cuenta bancaria está en llamas… pero yo estoy convencido de que nada de eso es lo que ha provocado en mi interior el sonido seco y crudo de algo que se rompe.  Algo grande y valioso, algo hermoso y tremendamente débil, ha hecho crack.
El camino de regreso a casa tiene el mismo ánimo que el que realizan los animales cuando marchan hacia el matadero.  Ando con la expresión ausente de aquel que no alcanza a comprender las cosas, y a cada paso lucho porque el nudo de mi estómago se desate y deje salir al fin un mínimo de bilis verde fosforito esperanza. 
Y al llegar a casa, empapado por la lluvia y las lágrimas, abro la puerta y mi compañera de piso viene corriendo hacia mí, me abraza y me pide perdón.  No comprendo nada, la miro con ojos extraños y ella, con la cara desencajada, dirige su mirada hacia una pica llena de jabón y platos a medio fregar y señala mi copa de vino favorita rota en varios pedazos sobre el parquet.
Claro –pienso-, seguramente sería eso lo que había sentido romperse.
No sé si reír o llorar, así que pienso en ti y miro por la ventana.
Sigue caminando, mañana saldrá el sol.
              © D.A.S 2010



Recomendación musical
Vanova - The Mellow tapestry
http://www.myspace.com/vanovamusic


Qué tópico suele quedar eso de decir que la música no tiene fronteras, pero que real resulta en ocasiones.  Vanova son una pareja de músicos de Sitges que fabrican folk-pop delicado y preciosista cantado en inglés, grabado en casa con media docena de instrumentos y producido con un aura amateur que dota al conjunto de un aire lo-fi cautivador.  Composiciones relajadas, mágicas, herederas de la musicalidad ermitaña de gente como Bon Iver y con ciertos elementos pop que pueden recordar a los Grizzly Bear menos arreglados o al Sufjan Stevens más tranquilote.  Un álbum heterogéneo en el que lo importante son las atmósferas y la fascinante conjunción de melodía y voz, lleno de grandes canciones, preciosas letras y una instrumentación tan simple como sugerente que conforman una obra cohesionada y profunda, un canto a la cotidianidad y la belleza, ideal para escuchar de una sentada en los necesarios momentos de desconexión.  “The Mellow tapestry”, gracias a su sencillez y su halo de autenticidad sin pretensiones, tiene todo lo necesario para convertirse en un disco de culto en la cabecera de los amantes del folk-pop acústico de raíces anglosajonas.  Y además está hecho aquí.

lunes, 12 de julio de 2010

STILLSTAND


Abrazabas demasiado fuerte.
Abandonaste demasiado pronto.
Mentías cuando no era necesario.

Todo lo que hicimos mal fue jugar al romance adolescente con unos dados que tenían pintadas caras tristes en cada uno de sus lados,
confiar en las bondades del azar de la naturaleza humana
hizo que tuviéramos todas las de perder.
Y ahora al escuchar las canciones que hicieron llorar a nuestros padres es como si te viera otra vez sentada al piano, con tus estropeadas manos tocando sin descanso las melodías que nos vieron crecer y caer antes de tiempo, y las lágrimas que corren por tus pómulos hinchados ríen de pena pensando en los lejanos momentos en los que el verano de nuestro amor fue la única estación desde la que salía el tren para regresar a casa.

Nunca he creído en el destino, pero sé con certeza que el fin de todo esto estaba escrito desde mucho antes de conocernos, y el hecho de saber con seguridad matemática que las cosas van a terminar trágicamente provoca en mí una necesidad irracional de llegar hasta el final, más allá del fuego y del incendio, hasta que ya no queda nada.
Ya no queda nada.

Aunque a veces pienso/deseo que si te hubieras quedado a mi lado
quizá habríamos acabado bailando juntos en el valle de tus antepasados, vestidos con flores y rodeados de un millar de niños.
Habría sido un bonito final,
pero abrazabas demasiado fuerte.
© D.A.S 2010

 






Puede que “The Nightmare of J B Stanislas” sea el último disco maldito de la historia.  Comparado por la crítica, a posteriori, con otros discos irrepetibles de la época como el “Sgt. Pepper's Lonely Heart's Club Band” de The Beatles y el “Smile” de The beach boys, las canciones de aquel disco, que llegó a reeditar Rev-Ola y Wah Wah en 2005, siguen siendo uno de los secretos mejor guardados de la historia de la música, y la leyenda que guarda entre sus notas, una de las más apasionantes que jamás se pudo contar.
Su historia es la de un joven inglés que se pasó buena parte de su juventud deambulando por Francia, tocando por bares y restaurantes y durmiendo en las playas de Saint Tropez. Va consiguiendo poco a poco un pequeño número de adeptos, uno de los cuales le graba en 1968 una pequeña maqueta acústica. Un año después, dicha maqueta llega a manos del sello discográfico francés DiscAZ (también hogar de artistas como Brigitte Bardot, Francis Lai o Michael Polnareff). Con tan solo escuchar “Deeper tones of blue” el acuerdo queda cerrado. El encargado de producir el disco es Eddie Vartan (hermano de Sylvie Vartan, e importante representante de la escena rock francesa), que echa mano de una orquesta de 56 músicos (entre los que se encontraban algunos de los habituales en los tours de Johnny Hallyday) para grabar el disco en los estudios Davou de Paris. Garrie, amante de lo acústico, se distancia de los ampulosos arreglos de Vartan, pero finalmente tan solo la final “Evening” queda tal y como la deseaba su compositor, con el único apoyo de una trompeta.
un disco tremendamente bello, considerado a día de hoy una pieza vital del baroque-pop, ligeramente remozado a base de psicodelia, y con unas letras que por momentos rozan lo surrealista, dando ese halo de misterio que avanza el título del álbum, y que tanto aumentó su fama de maldito entre los pocos que pudieron llevarse una copia al oído en los lustros siguientes a su publicación. Un álbum que impacta por unos arreglos tan voluptuosos como, por momentos, desconcertantes, que van de lo exquisitamente melódico a lo sorprendentemente complejo; que disfruta al mismo tiempo de la elegancia vocal y melódica de Garrie, y la fantasía voluptuosa de las partituras de Vartan, ocupando algún punto entre Leonard Cohen, Serge Gainsbourg y Tim Buckley. La emoción contenida de “Deeper tones of blue”, la dulzura de “Can stay with you”, la perfección pop de “The Nightmare of J B Stanislas”, los detalles de imaginación de temas como “Ink Pot Eyes” o “The Wanderer” o la impactante “Wheel of fortune” marcan algunos de los muchos puntos álgidos de un disco que quedó escondido en esos recónditos espacios que la industria musical tanto gusta crear, hasta convertirlo, cual artesano proceso de fermentación en bodega, en la obra maestra que hoy, afortunadamente, podemos disfrutar.
(Texto extraído de www.elephant.com)

jueves, 8 de julio de 2010

ENAMORARSE DE TI ES IGUAL QUE COMER CLAVOS



Enamorarse de ti es igual que comer clavos. 
Es apretar los dientes intentando luchar contra algo más duro que la propia carne y esperar sin remedio que la sangre infectada por los asquerosos parásitos del amor enfermo brote salvaje y salvajemente se acumule en las pobres gargantas de los insensatos que nos atrevimos a respirar tu mismo aire, sintiendo sin esperanza como la vida se desgarra y el rojo inunda hasta el último resquicio de nuestro insignificante ser mientras tú observas desde la distancia y sonríes con ternura homicida.
No existe modo alguno de pelear contra el hambre de corazones crudos que te invade cuando el capricho y la locura se vuelcan en tus ojos asesinos, capaces de fulminar torres grandes como hombres y derrumbar murallas de orgullo y dignidad sólo con el sutil poder de la mirada.   
Tu mirada, pupilas sin fondo que diluyen su terrible color negro haciendo que la dulce oscuridad nuble la razón de tu siguiente víctima, sin nada ni nadie que pueda salvarle.
Enamorarse de ti es igual que comer clavos. 
Cuando por fin has tragado todos y una sonrisa de felicidad masoquista se refleja en el charco de sangre granate y brillante que se formado a tus pies caes en la cuenta de que los clavos y ella están dentro de tu cuerpo, y sabes que lo que vendrá a partir de entonces,
va a doler de verdad.
© D.A.S 2010


Recomendación musical: King Khan & BBQ show - Invisible girl
No los conocía y me un experto en el tema me los descubrió en el pasado Primavera.  En directo son brutales, sus conciertos son una fiesta de ruido y desparrame, acostumbran a travestirse y disfrazarse (en la ocasión que los vi lucían pelucas fosforitas y vestidos ultracortos y ultraceñidos), e interactúan con el público con bastante tino.  Por lo que he leído algunos de sus shows han acabado con orgías en el escenario, peleas y desbarres varios.  Divertidos es poco, vaya.
Y en cuanto a lo musical, geniales.  Herederos del garage pop más melódico y saltarín (Ramones, etc), y mucho más auténticos que la mayoría de las cabezas visibles del discreto revival garagero que parece estar surgiendo en los últimos tiempos (Black lips a la cabeza), alternan temas incendiarios y salvajes con otros absolutamente coreables y bonitos, con una estética musical que recuerda horrores a uno de los genios de nuestra generación, el añorado Jay Reatard.
Este disco en concreto es toda una colección de hits, canciones directas y sencillas que llegan desde la primera escucha, con algunos temas ideales para darte de cabezazos bailando con los amigos ("Animal party", "Truth or dare") y otros para retozar con la chica que te hayas tirado esa noche ("I'll be loving you", "Invisible girl", “3rd Avenue”).
Finos finos.

jueves, 1 de julio de 2010

LA HERMANDAD DE LOS ARIOS



Recorrí el camino que llevaba desde la celda de Vinnie “el Cuchara” a la salida de la cárcel con la mirada clavada en la mugre del suelo y la cabeza llena de malos pensamientos. 
Era el tercer hombre que despedía en lo que iba de año. No es que el hecho de saber que cuando yo estuviera conduciendo mi coche camino a casa él ya estaría muerto me afectase en exceso, pero esta vez la conversación me había dejado más consternado que de costumbre. No es fácil sentarse frente a un hombre que está a punto de ser ejecutado y hablar con él sin que te invada la compasión, aún sabiendo que ese hombre es un violador o un brutal asesino. Por mucho que se suponga que Dios está de nuestra parte, no suele ser una experiencia agradable. Supongo que ese era el motivo principal por el cual éramos muy pocos los pastores que nos prestábamos a ello. Era un trago duro, pero estaba muy bien pagado, merecía la pena. Al menos a mí me la merecía. 
Conduje velozmente mi Honda por Clovis Avenue hasta llegar a Sunnyside, la carretera siempre está tranquila a esas horas, apenas había tráfico. Aquí en Fresno las ejecuciones acostumbran a ser nocturnas, y nunca soy capaz de marcharme directamente a casa cuando tengo que trabajar en la cárcel. Aparqué en la esquina de la calle Grant y fui hasta la vieja cervecería de mi amigo Horace. Estaba medio vacía, cómo de costumbre. Me acerqué a la barra y pedí un bourbon. 
- ¿Cómo ha ido Zach? No tienes buena cara, ¿doble? - preguntó Horace con tono amistoso.
- Hola Horace, doble por favor. Ha ido cómo siempre, ya sabes. Mi cara hace tiempo que no tiene buen aspecto. – contesté muy serio. 
- Deberías dejar de ir a darles el ultimo adiós a los condenados a muerte amigo, no puede ser bueno para tu salud. 
- No lo es, pero el cheque que me da la Confederación lo compensa con creces, ¿qué harías tú? 
- No lo sé, yo soy católico. – contestó riéndose. 
Después de tres bourbons y un rato de charla con Horace llegó la hora de cerrar. Conduje camino a casa despacio, el alcohol me hacía pensar más lentamente. Metí el automóvil dentro del porche sin abrir todavía la puerta automática del garaje, lo apagué y me quedé inmóvil con las manos sobre el volante. 
Todavía me encontraba muy turbado, me estaba costando quitarme de la cabeza al joven Vinnie. Parecía mentira que aquel chico enclenque y encantador hubiera sido capaz de asesinar a sus padres armado únicamente con una cuchara de plata. 
Normalmente en estos casos desconectaba tumbándome a ver una película de mi colección con una botella de tinto y terminaba dormido en el sofá, pero decidí que esta vez necesitaba todavía un par de bourbons más para tener el valor de enfrentarme a todos aquellos demonios en la soledad de mi hogar. 
Volví a encender el coche y fui hasta un oscuro bar de Tower District. Cuando llegué, el ambiente estaba extrañamente animado para tratarse de la madrugada de un martes. En las mesas de la entrada había varios grupos bulliciosos de hombres trajeados que hablaban haciendo aspavientos, y en la zona más cercana a la pared del final, dónde la luz era más tenue, unas pocas parejas de mediana edad bebían sus copas a pequeños sorbos mientras intercambiaban caricias discretamente. 
La barra era, cómo siempre, el lugar de los solitarios. Me acerqué hasta el principio de la misma y pedí un bourbon doble. El camarero me lo sirvió sin tan apenas mirarme y regresó a su mecánica labor consistente en secar vasos y copas. 
Bebí la copa despacio, con los codos apoyados sobre la barra mirando las estanterías llenas de botellas que tenía justo enfrente. Las repasé una a una fijándome en sus diseños y colores hasta que la vista comenzó a fallarme y no era ni siquiera capaz de leer la marca escrita sobre la etiqueta. Pedí otra copa y antes de terminarla me levanté de la banqueta mareado y aturdido. Salí del bar y vomité en la acera. 
Caminé apoyándome en los coches intentando recordar dónde había aparcado el mío. Miraba a un lado y a otro de la calle pero me resultaba imposible pensar con claridad. Me tumbé sobre el capó de una furgoneta y al cabo de unos minutos me quedé dormido. 

Me despertó una mujer. Abrí los ojos con dificultad y la vi agitando mis hombros nerviosamente mientras decía palabras que no entendía. Finalmente recobré algo de conciencia y acerté a hablar con ella. 
Se llamaba Anna, llevaba un jersey de color rojo brillante y era preciosa. Trabajaba en el Tower Theatre, esa noche habían clausurado el Festival Anual de cine y se había quedado hasta tarde para recoger todo el montaje. Se apiadó de mi estado y buscamos mi coche durante casi media hora, pero no lo encontramos, así que se ofreció a llevarme a casa. 
- ¿Recuerdas al menos dónde vives? - preguntó divertida. 
- Calle Wishon 44. Contesté con dificultad. 
- Vaya, ¿vives en el Fig Garden? Menudo nivel. Me dejó en la puerta de mi casa y se marchó. No recuerdo nada más. 
Desperté al mediodía con una resaca terrible y unas ganas de volver ver a aquella chica todavía más terribles. Comí algo y me tumbé en el sofá a relajarme mientras escuchaba música. Las horas fueron pasando y cuando llegó el atardecer me sentí por fin con la mente suficientemente clara cómo para ir a buscar mi coche, Dios sabe dónde estaría aparcado. 
No hacía demasiado calor, así que cogí un autobús que me acercó a mitad de camino y recorrí la otra mitad a pie. El coche estaba justo enfrente del bar con una multa de aparcamiento metida por debajo del limpiaparabrisas. Me eché a reír y tomé café en un bar cercano. 
Leí el periódico y vi que habían estrenado la última película de uno de mis directores favoritos, hacía años que no iba al cine, pero finalmente me decidí a ir al Tower Theatre a ver el film, con la esperanza de ver también a Anna. 
Me senté justo en medio de la sala, el cine estaba casi vacío. Disfruté la película, pero no vi a Anna por ninguna parte, a pesar de que antes de entrar recorrí todo el cine con la esperanza de encontrarla vendiendo palomitas o cortando las entradas. Salí de la sala y subí al piso de arriba, dónde se encontraban los servicios. Al salir de los mismos me fijé en que una extraña puerta estaba abierta al final del pasillo y no pude reprimir asomarme, era la sala de proyección. Nunca había visto una, era pequeña, fría y hermética. Estaba totalmente pintada de blanco. El proyector colgaba del techo, era un aparato muy moderno, también había una pequeña silla acolchada de color negro y una mesita sobre la que observé una copa de vino tinto y el libro “El primer tercio” de Cassidy. Continué escrutando aquel pequeño y encantador espacio, parecía un diminuto refugio dónde poder observar la película casi en primera persona, libre de ruidos de palomitas o de parejas demasiado apasionadas. Cuando ya casi todo mi cuerpo estaba en el interior de la habitación una voz me sobresaltó desde atrás. 
- ¿Busca usted algo caballero? Me giré asustado y vi a Anna salir del baño a toda prisa. Cuando me vio, su rostro cambió rápidamente del enfado a la risueña sorpresa. 
- ¡Tú! ¿Qué haces aquí? - preguntó graciosamente. 
- Hola, vaya sorpresa. He venido a ver la película, al salir del baño he visto la puerta abierta y no he podido resistir asomarme. 
- He salido sólo un momento para ir al servicio. Bueno, te presento a mi segunda casa, creo que ya os conocéis. 
- ¿Trabajas ahí dentro? 
- Exacto. No parece muy acogedor, pero es apacible, te lo aseguro. 
- Te creo. Pero pensaba que los proyeccionistas eran cosa del pasado, veo que estaba equivocado. 
- No te equivocas, estos cacharros son casi 100% fiables, pero para ese casi estoy yo, por si acaso. 
- Entiendo, ¿y qué tal es trabajar aquí? 
- Me encanta, veo las mismas películas una y otra vez, pero amo el cine. Escribo guiones ¿sabes? 
- ¿De verás? Eso es genial, me encanta el cine. 
- ¿En serio? Pues nunca te había visto por aquí, y suelo fijarme mucho en el público. – dijo pícaramente 
- No acostumbro a ir a las salas, siempre hay alguien haciendo ruidos al comer, o respirando demasiado fuerte, o incluso hablando. Soy muy irritable, me gusta demasiado el cine cómo para no verlo totalmente tranquilo. Por eso me monté mi propio cine en casa. – dije riendo. 
- ¿Tu propio cine? - preguntó Anna curiosamente. 
- Eso es, compré una buena televisión y un equipo de audio para no tener que aguantar las impertinencias de la gente. 
- Yo tampoco las aguanto, por suerte aquí arriba estoy aislada de todo y de todos. – dijo ella sonriendo. Y dime, ¿cómo es que te has animado a venir esta vez? 
- He visto en el periódico que habían estrenado esta película y aprovechando que tenía que venir aquí al lado a por mi coche me he decidido a entrar, recordaba que dijiste que trabajabas aquí, así que he pensado que además de ver la película quizá tenía la suerte de encontrarme contigo y darte las gracias por lo de anoche, fuiste muy amable. – dije algo sonrojado. 
- No hay de qué, la gente tiene que ayudarse, y tú desde luego ayer necesitabas mucha ayuda si querías regresar sano y salvo a tu casa. – dijo entre risas. 
- Tienes razón, no acostumbro beber alcohol, al menos no alcohol del fuerte, suelo beber vino, pero ayer me pasé con el bourbon, gracias de nuevo – expliqué algo avergonzado pero con un tono inocente que creo que la divertía. 
- No hay por qué darlas. – respondió sinceramente. 
- Bueno, cualquier otra persona habría hecho la vista gorda, ya sabes, podría haber sido un borracho violento, o un vagabundo. 
- No ibas vestido cómo un vagabundo, y en cuanto vi tu cara supe que tampoco eras un tipo violento. 
- Vaya, gracias. – contesté algo cohibido. 
- Oye, el siguiente pase comienza dentro de cinco minutos, ¿te apetece quedarte y hacerme compañía? Tengo una botella de vino, no hace falta que veas la película otra vez, podemos charlar mientras bebemos. – dijo agudamente. 
Me quedé ese pase, salí a comprar otra botella de vino y regresé para el siguiente. Cuando llegó el final de la película estábamos borrachos y nos besamos hasta que acabaron los créditos y la sala quedó en absoluto silencio. Al salir del cine la invité a venir a mi casa, pero se negó excusando que el día siguiente tenía que madrugar. Tampoco me permitió que la acercase en coche alegando que vivía justo al lado, pero quedamos en cenar juntos la noche siguiente. 
Me marché conduciendo con una idea repitiéndose fuerte y clara en mi cabeza, iba a enamorarme de aquella chica. 

La noche siguiente cenamos en un restaurante francés estratégicamente situado cerca de mi casa, comimos bien y bebimos abundante vino. Esta vez, utilizando hábilmente la excusa de enseñarle el home-cinema, no se negó a venir a tomar una copa. Quedó totalmente deslumbrada, y tras maravillarse con mi colección insistió en poner una de sus películas favoritas. Al cabo de unos poco minutos olvidamos la película e hicimos el amor en el sofá. La mañana siguiente despertamos juntos y ella preparó el desayuno mientras yo iba a comprar el periódico, comimos tostadas sentados en el sofá todavía en pijama mientras hojeábamos el diario. 
Recuerdo aquella mañana cómo uno de los momentos más felices de mi vida. No nos conocíamos, ella no sabía quién era yo y yo desconocía realmente quién era ella, pero compartimos una noche de sexo y una mañana de tiernas caricias y dulce rutina, cómo si llevásemos toda la vida juntos. Es probable que ella estuviera acostumbrada a esas situaciones, pero yo no lo estaba, y, tal cómo había supuesto, esa mañana comencé a enamorarme de ella. 
La relación fue avanzando del mismo modo en el que avanzan la mayoría de las relaciones, o al menos esa fue la impresión que me dio a mí, no había tenido muchas. Nos veíamos a menudo y ella cada vez frecuentaba más mi casa. Pasábamos noches enteras viendo películas y bebiendo vino. Yo trabajaba poco, gracias a Dios en mi juventud estudié duro y ahora era un pastor reputado, me ganaba bien la vida. Anna siguió trabajando en el cine y yo pasaba largos ratos con ella, encerrados en la sala de proyecciones, hablando de todo y de nada durante horas en aquella diminuta habitación. No necesitaba nada más para ser feliz. 
Una noche estábamos cenando en la terraza de un restaurante japonés, la noche era calurosa, pero no en exceso, íbamos algo borrachos y Anna estaba jugando rozándome el pene con sus pies por debajo de la mesa. 
- Esta noche tengo ganas de hacer algo especial. – dijo sensualmente. 
- ¿Si? Soy todo tuyo nena, tú mandas. 
De pronto sus ojos se encendieron, dio un pequeño salto hacia atrás sobre la silla y se llevó las manos a la boca. 
- ¡Ya sé! Tengo las llaves, ¡vayamos al cine! 
- ¿Estás loca? ¿Quieres que vayamos al cine ahora? 
- ¿Se te ocurre algo más romántico? 
Pensé durante unos instantes. No. No se me ocurrió nada más romántico. 
Una vez allí Anna puso la película que fui a ver el día después de conocernos, la primera vez que nos besamos. La vimos abrazados en aquella sala totalmente vacía. 
Pensé que podría haberme quedado allí toda la vida, Anna y yo solos aislados del mundo, viendo aquella preciosa película una y otra vez sin saber nada del exterior. Era incapaz de imaginar un futuro mejor. Cuando los títulos de crédito comenzaron a deslizarse por la pantalla Anna se abalanzó sobre mí besándome con fuerza. Yo le respondí e hicimos el amor allí mismo. 
Al terminar, todavía desnudos, cogí su mano y comencé, inconscientemente, a apretarla con fuerza.
- ¿Estás bien Zach? - preguntó. 
- Sí. Sí, estoy bien. 
- ¿Estás llorando? - dijo extrañada. 
- Estoy muy feliz Anna, creo que nunca había sido tan feliz. Me miró tiernamente y nos abrazamos durante largo rato. Después, dejamos el coche aparcado allí mismo y regresamos a casa caminando. Después del verano llegó el otoño, Anna seguía trabajando en sus guiones y en el cine y yo me encontraba en uno de los momentos más dulces de toda mi vida, me recreaba en disfrutarlo. 
Estábamos en la cresta, en lo más alto de la ola. Yo estaba volviendo a aprender cómo funcionaban las relaciones, era algo que ya casi había olvidado. Pasar mucho tiempo juntos, conocerse y sorprenderse cada día, compartir experiencias y aficiones e ir dejando al otro entrar en tu vida hasta convertirse en lo más importante de ella, era el proceso típico y lógico, y nosotros lo interpretábamos a la perfección. 
Pero, nunca llegué a ser del todo consciente que a ese proceso, en ocasiones largo, en ocasiones no tan largo, le sigue irremediablemente el desencanto, el aburrimiento, la falta de emoción, la rutina. Yo tenía 36 años, una gran casa y un bonito coche, una bodega llena de buen vino y una enorme colección de películas para ver un día tras otro en mi televisión gigante junto a la chica de la cual estaba enamorado. No le pedía nada más a la vida. Pero Anna sí, ella no se conformaba. 
Resulta extremadamente llamativo cómo las cosas varían según una percepción u otra. Yo sentía que había llegado a la cima, y quería quedarme allí para siempre, pero Anna parecía estar disfrutando simplemente de su estancia en lo alto de aquella montaña antes de pasar a intentar escalar una más grande. Ambos estábamos viviendo la misma experiencia, los dos éramos parte del mismo asunto, pero, poco a poco me fui dando cuenta, teníamos una idea de las cosas muy distinta. 
Demasiado distinta. Así que, la misma naturalidad que llevo a Anna a ayudarme aquella noche, a besarme por primera vez en la sala de proyección y a enamorarse de mí, esa espontaneidad que la hizo convertirse en el centro de mi vida de un modo inevitable, ese mismo fluir de las cosas instintivo y espontáneo fue el que la empujó, poco a poco a ir distanciándose de mí. Cada vez dedicaba más tiempo a sus guiones, hacíamos el amor con menor frecuencia y ya casi no dormía en mi casa. No alcanzo a recordar la última vez que me dijo que me quería. 
Yo nunca lo entendí del todo, pero no le hice ningún reproche. 
Una noche, ya entrando en el invierno, recibí una llamada. Me extrañé mucho, ya era casi medianoche. Pensé que sería Anna.
- Hola, ¿Zach? 
- Sí, soy yo. – respondí confuso. 
- Hola, soy Martin, llamo de la Confederación. Escucha, mañana ejecutan a un tipo en San Quintín, sé que normalmente no te corresponde, pero quiero que vayas tú. 
- ¿San Quintín? ¿Esa cárcel no suele hacerla José? - pregunté extrañado. 
- Sí, suele hacerla él, pero ha surgido un problema de última hora y en esta ocasión prefiero que lo hagas tú, te corresponderán cuatro días de dieta, además de la tarifa acostumbrada, ¿qué dices? 
- De acuerdo, ¿a qué hora debo estar allí? 
- A las 8 en punto. ¿Conoces el camino? 
- Lo consultaré en el ordenador, descuida, allí estaré. Colgué algo angustiado y a los pocos segundos volvió a sonar el teléfono. 
- ¿Si? Dime Martin. - ¿Zach? - Hola Anna, perdona, creía que eras otra persona. 
- Escucha, ¿puedo ir a tu casa ahora? - la notaba preocupada. 
- Sí claro, ¿qué ocurre, estás bien? 
- Sí, estoy bien, pero necesito que hablemos, dame media hora. 
Busqué una botella de las mejores entre toda mi bodega. La abrí y me senté en sofá a beber mientras esperaba que Anna llegara. Era evidente que iba a dejarme, así que quería estar lo más amable posible. El alcohol me relajaba. 
Antes de que hubieran pasado veinte minutos apareció por mi puerta. 
- Hola Zach. – dijo plantada frente a mí sin ni siquiera acercarse a darme un beso. 
- Hola nena, ¿cómo estás? Pasa, ¿quieres una copa de vino? 
No fue muy doloroso, ninguno de los dos lloró. 
A la media hora se marchó con el gesto triste y la expresión de alguien que acaba de hacer algo malo. Continué bebiendo la botella de vino sentado en el sofá, a través de la cristalera del salón podía ver la calle desierta y los árboles agitarse ligeramente por el frío viento del invierno. 
No le guardaba rencor, pero me inquietaba el modo en el que había ocurrido todo. Del mismo modo que cuando la dejé irse a su casa andando el primer día que nos besamos supe con total certeza que me enamoraría de ella, en algún momento en medio de todo aquello también tomé conciencia de que iba a acabarse. Fue sucediendo poco a poco, con orgullo, sin dolor, cómo el último escuadrón superviviente en la guerra que tiene frente a sí al más poderoso ejército, lucharán, se dejarán la vida en el campo de batalla y darán todo lo que tienen, pero saben que no ganarán. 
Nuestra historia me parecía demasiado hermosa cómo para dejar que se estropease. No fue un final triste ni doloroso, simplemente fue un final. 
La mañana siguiente desperté con la cara pegada al cuero negro del sofá, algo pálido y deprimido. Habia dos botellas vacías sobre la mesa, no recordaba haber abierto la segunda. Me duché y desayuné tostadas. Escuché música y conduje hasta San Quintín. Un poco antes de las 8 estaba en la puerta de la prisión. Un guarda chicano me condujo hasta la celda del condenado. Una vez allí, nos dejó solos. 
- Hola chico, ¿te llamas Harry Hills no es así? - pregunté amablemente. Mi nombre es Zach. 
- Así es señor, encantado de conocerle, no tiene usted muy buena cara. – parecía tranquilo, y desde el primer momento me pareció extremadamente educado. 
- Estoy bien Harry, ¿cómo te encuentras tú? 
- Estoy bien señor, más tranquilo ahora que le tengo delante, tenía miedo de que me enviasen un puto chicano para darme el último adiós. ¿Puede creerlo? Hay mejicanos protestantes. 
Su comentario me sorprendió, había rabia y también violencia en sus palabras, me intimidó levemente. Era evidente que se trataba de un miembro de la “Hermandad Aria”, Martin no me había avisado. Me quedé algo aturdido mirando alrededor de la celda notando que el no apartaba sus ojos de mí. Miré hacia el libro que sostenía en sus manos y puse cara de sorpresa. 
- Vaya, lees a Nietzsche, buena elección. – dije intentando conciliar. 
- Sí. Han pasado más de cien años desde que murió y sigue teniendo tanta razón cómo el primer día, ¿usted conoce su obra? 
- Sí, la conozco, estudié Teología en la Universidad de Sacramento y después Filosofía en la de San Francisco. – contesté. 
- ¡Vaya! - exclamó impresionado. ¿Y qué opina usted? ¿cree en el superhombre? ¿cree en la raza aria? - preguntó excitado, cómo un niño que pregunta a su profesor. 
- No sabría decirte. Las razas son muy distintas entre ellas, y es una evidencia que unas son superiores en algunos aspectos e inferiores en otros, pero… 
- Hable sin miedo, respeto su opinión, no voy a contrariarle. – dijo captando mi reticencia a decir nada que pudiera irritarle. 
- No creo en la supremacía si es a eso a lo que te referías. – contesté con decisión. Su educación y temple al hablar me otorgaban confianza. 
- He leído toda la obra de Nietzsche, varias veces. ¿Ha leído usted a Maquiavelo? ¿Y a Sun Tzu? 
- Sí, los he leído. – respondí. 
- ¿Y qué opina usted? 
- No opina lo mismo que tú, de eso puedes estar seguro. 
Bajó de nuevo su cabeza, desprendía un aura de extraña turbación, más hacia mí que hacia él mismo, estaba preocupado por mis, a su juicio, equivocadas opiniones. 
- Escucha, sé que no entiendes que no piense lo mismo que tú, es sólo que… 
- Lo entiendo perfectamente. Usted ve las cosas de otra manera a cómo yo las veo, nada más. También usted ha leído todos esos libros, y estoy seguro que los ha comprendido, pero simplemente los ha percibido de modo distinto a cómo yo lo he hecho, cada persona interpreta las cosas de manera diferente, según su propia realidad. – dijo con gran elocuencia y claridad. 
- ¿Eso crees? - pregunté inquisitivo. 
- Por supuesto. 
- Entonces ¿porque no respetas a los que piensan diferente a ti, a los que son diferentes a ti? - pregunté con algo de miedo. 
- Yo tengo mis principios, mis ideales, y los llevo hasta el final, aunque en ocasiones eso signifique llevarme a gente por delante. – contestó muy serio pero amablemente. 
Su verborrea me estaba abrumando. Puse mi cabeza entre las manos y miré hacia una de las paredes. Instantes después el carcelero apareció en la puerta. 
Me despedí de Harry con un fuerte apretón de manos y lo observé alejarse con lentos pasos camino a su propio final, una digna muerte. Continué mirando el pasillo incluso una vez que Harry había desaparecido de él, hasta que escuché la voz de un guardia. 
- No era un mal tipo. Estaba algo tarado, pero no era un mal hombre, se encargaba de las sesiones de música y daba clases a los analfabetos todos los días. Sólo a los blancos, claro. 
- ¿Qué hizo? 
- Estaba encerrado por varios robos y tráfico de drogas. Una vez aquí dentro mató a tres hombres en una semana. – dijo el guardia muy serio. 
Conduje de regreso a Fresno pensando en que seguramente Anna interpretaba las cosas de manera muy diferente a como yo lo hacía. Supuse que también ella era de los que llevan sus ideales hasta el final, y que yo simplemente pasaba por allí y se me había llevado por delante. 
Cuando llegué a Sunnyside ya era casi medianoche. Recorrí el camino bajo la tímida luz de las viejas farolas y llegué al viejo bar de Horace, estaba medio vacío, como de costumbre. 
- Hola Horace, ¿cómo estás? – pregunté animado. 
- ¿Qué hay amigo? Hacía días que no te veía por aquí. Se te ve contento, ¿qué tal te va?
- Muy bien, ¿y a ti? 
- Ya puedes verlo, pocos clientes, pero vamos tirando, cómo siempre. ¿Dónde está Anna? - preguntó sonriente. 
- Me ha dejado. – contesté tranquilamente. 
- ¿En serio? Vaya, y cómo estás? 
- Bien, estoy bien, ya te lo he dicho – respondí. 
- Eso es tomarse las cosas con filosofía, claro que sí amigo. – dijo en tono alegre. Qué quieres tomar, esta noche invita la casa. 
- Muchas gracias amigo. Un bourbon, por favor. 
- ¿Doble? 
- Doble. 
© D.A.S 2009


 
Recomendación musical:  The Iguanas - Jumpin' with The Iguanas

The Iguanas fue, entre otras cosas, una de los primeros grupos de Iggy Pop.  Aquí el chico toca la batería y hace algunos coros, pero generalmente no suele cantar.
Solamente tienen este disco reconocido, una colección de versiones en las que combinan una especie de garage sesentero con toques surf'n'roll.
Tienen auténticos hits: "Surfin bird", "Summertime", "Blue Moon" "California sun", "Walk don't run"...  el sonido y la producción final, sucios hasta el límite, y cierto encanto pop en el tratamiento de las melodías, hacen que sea un disco eterno e imprescindible.  De los LP's que más he escuchado seguro.

martes, 22 de junio de 2010

LUZ




Eres luz, pero los días en que el sol se apaga,
las farolas en las calles no brillan
y las bombillas de nuestra casa explotan de odio sin sentido,
es cuando veo tus sombras más pronunciadas
y me pierdo en sus formas y sus curvas
y cierro los ojos
porque me asusta lo que veo.
Te prefiero cuando luces eterna,
como una virgen recién follada de sonrisa cómplice
y mirada perdida
que deslumbra al mundo entero a su paso
y centellea de emoción cada vez que mueve los labios.
Pero incluso los niños saben
que las nubes gritan más alto
que los astros y sus cándidos destellos y que
quizás no vale con el resplandor llameante
del sexo perfecto y el reflejo sincero
de nuestros cuerpos desnudos
irradiando felicidad en el espejo,
quizás que las palabras más bonitas
del mundo las escribas tú
a través de mis manos no baste
para vencer a la oscuridad.
A veces quererse con locura
no es suficiente.
© D.A.S 2010


Recomendación musical:  Michael Galasso - Scenes
Violinista prodigioso fallecido el año pasado, se le conoce principalmente por componer la banda sonora de la obra magna de Wong Kar Wai "In the mood for love", pero además Galasso compuso música para muchas más películas, obras de teatro, de danza, e instalaciones sonoras.  En el año 2000, realizó la primera instalación sonora del museo Guggenheim de Nueva York.
Su estilo, especialmente en este disco, podría adscribirse al de música clásica contemporánea, y subyacería a otras nominaciones como ambient, cinematic, o directamente Arte.
Música para escuchar mientras haces el amor, cierras los ojos hundido en las sábanas, miras por la ventana y ves las nubes... ese tipo de música.  Precioso.

jueves, 17 de junio de 2010

SÓLO UNO MÁS




 
"True love will find you in the end
You'll find out just who was your friend
Don’t be sad, I know you will,
But don’t give up until
True love finds you in the end.

This is a promise with a catch
Only if you're looking will it find you
‘Cause true love is searching too
But how can it recognize you
Unless you step out into the light?
But don’t give up until
True love finds you in the end."
Daniel Johnston

Mientras el agua caliente caía suavemente desde la ducha adosada a la pared e iba a parar sobre la negra espesura de su cabello, Gin sintió un impulso tan absurdo como irrefrenable: giró por completo la manecilla que regulaba la temperatura del agua y la dispuso de tal modo que el chorro ardiente que le acariciaba la piel se convirtiese en una cascada helada que golpeó su cuerpo violentamente, haciéndole hiperventilar y estremecerse con unos movimientos tan salvajemente enfermizos que si alguien hubiera estado observándole no habría dudado en llamar a una ambulancia. Gin repitió este proceso hasta tres veces más, y por fin abandonó el cuarto de baño sintiendo que la sangre le fluía a toda velocidad. 
Desde que Gina se había marchado él daba la impresión de haberse olvidado que lo que viajaba por sus marcadas venas alcanzando todos los extremos de su cuerpo era sangre.  Sangre, y no horchata, como siempre le gritaba su madre cuando le regañaba por dejarse pegar e insultar por los demás niños en la escuela.
Gin comenzó a caminar desnudo por la agobiante estrechez de su apartamento recorriéndolo obsesivamente de arriba abajo, sintiendo como en su cabeza se agolpaban decenas de pensamientos que no le dejaban reflexionar con claridad y sabiéndose incapaz de ordenarlos.  Encendió un cigarrillo y continuó pisoteando el parquet hasta que la alarma de su teléfono móvil le avisó de que sólo faltaban 20 minutos para entrar a trabajar.  Se vistió a toda prisa con la misma ropa de siempre: zapatos negros, pantalón negro, camisa negra, y salió a toda velocidad de casa lanzándose a las calles con una disparatada energía que ni él mismo sabía muy bien de dónde venía. 
¿Tan importante es la temperatura del agua?
Cuando ya llevaba un par de calles andadas Gin sintió un tremendo impacto dentro de su cabeza.  Una sensación parecida a la de un puñetazo en el rostro que traspasaba la barrera de lo físico trascendiendo a algo más profundo e inexplicable bailando sin sentido en el interior de su cerebro.  Giró sobre sí mismo y, en lugar de ir a trabajar, como cada día, se dirigió al “Mingus”, el bar donde trabajaba Gina.
Sus pasos ahora no eran tan urgentes y decididos como antes, Gin guardó las manos en los bolsillos y comenzó a pasear más que a caminar, mirando a la gente con aire distraído, sin prisa. 
Hacía más de dos meses que no veía a Gina.  Su relación fue una montaña rusa, se quisieron como dos adolescentes y se odiaron del mismo modo.  El día en que todo explotó Gin salió de casa maldiciendo y ella le gritó que si no se daba la vuelta no volviese nunca.  Y no lo hizo.
Gin había repasado cientos de veces esa agónica escena tratando de imaginar mil finales diferentes.  Imaginaba que daba media vuelta, caminaba lentamente marcando los pasos hasta llegar justo enfrente de Gina y, levantándola en el aire, la besaba con toda la pasión que cabía en su imperfecta humanidad mientras le decía que la quería.  Otras veces, viajaba a través de aquellas decadentes imágenes y se veía a sí mismo girándose sobre sus pies y escupiendo en dirección a Gina.  Todo dependía del día y el momento.
No recordaba el final de su romance con rencor o arrepentimiento, simplemente lo recordaba.  Hacía mucho tiempo que se había acostumbrado a equivocarse, y estaba convencido de que cualquier intento de rescatar aquel barco hundiéndose habría sido inútil.
Gin continuó andando perdiéndose en los cientos de recuerdos que le iban asaltando conforme iba dejando atrás lugares comunes: cafeterías, plazas, restaurantes, la esquina donde, borrachos como cubas, se habían vomitado algo parecido a un “te quiero” por primera vez…
Cuando por fin llegó al “Mingus” ya estaba anocheciendo.  Se sentó en el suelo apoyando la espalda contra el contenedor de basura que estaba situado delante de la puerta del bar y encendió otro cigarrillo. 
Las mismas dudas y temores que le llevaban asaltando desde que era un niño fueron poco a poco devorando el valor y la alocada energía inicial y Gin comenzó a pensar que, por enésima vez, se estaba equivocando.
Fue fumando un cigarrillo tras otro, encendiendo el nuevo con los últimos ardores del último, dándose tiempo, esperando que aquel entusiasmo insensato e irracional invadiese de nuevo su mente y lo empujase dentro del bar, le hiciera saltar la barra y besar a Gina como no la habían besado nunca, o al menos le obligase a empujar la puerta con entereza y entrar con semblante serio y melancólico para sentarse en una de las banquetas de la barra, frente a ella.
Sus carcomidos nervios comenzaron a hacerle temblar las manos mientras las colillas se amontonaban a sus pies, y Gin empezó a tener claro que lo mejor sería marcharse.
- Sólo uno más.  – se dijo a sí mismo mientras empalmaba el encendido de otro cigarrillo.
Sentado entre la basura, con la mente divagando por recuerdos tristes y felices y los ojos clavados en la cristalera negra del bar, a Gin casi le parecía ver la silueta de Gina bailando entre copas y hombres a través del humo condensado con olor a tabaco que se amontonaba delante de su cara.
Podía imaginársela dejándose querer por la multitud de borrachos de todos los colores que habitaban en la cutre modernez de su local: jóvenes y viejos, guapos y feos, ricos y pobres, idiotas en su mayoría… Recordaba los tiempos del principio, las noches frías en las que solía ir a buscarla antes de la hora del cierre y cómo cuando él aparecía todos agachaban la cabeza odiándole por tener a la chica más bonita de la ciudad.  Tiempos felices.
- Sólo uno más, ya deben ser las dos de la madrugada.  – volvió a repetir para sí mismo mientras encendía otro cigarro.
Tirado en la acera, Gin emprendió la destructiva tarea de imaginar si ella sería tan infeliz como lo era él desde que todo se rompió.  Imaginó un chico rubio, fuerte y guapo, sentado al otro lado de la barra esperando a que ella terminase su turno para ir a casa a follar como salvajes y después a dormir como ángeles.  Imaginó también que ella ya no trabajaba allí, que se había despedido hacía dos semanas y había regresado a Alemania sin decir adiós a nada ni a nadie.  Imaginó por último su estilizado cuerpo agitándose entre los vapores del alcohol propios de los bares nocturnos, sus enormes ojos brillando por el abatimiento, sus labios rellenos de carne dulce temblorosos mientras servía cerveza, su tristeza.
- Sólo uno más.  – pensó mientras sacaba el último cigarrillo del paquete y arrugaba con rabia el cartón para después lanzarlo contra la cristalera tintada del bar.
Fumó aquel cigarro como si fuese lo último que iba a hacer en la vida, despacio, con calma, extraviado en el torrente de pensamientos incomprensibles y actos inexplicables que se habían apoderado de él desde el momento en que el agua fría le hubo sacudido en la ducha.  Disfrutó cada calada como cuando era niño, jugando con el humo, soñando formas mientras lo miraba.
Cuando el cigarro estaba ya casi quemándole los labios Gin se decidió a tirarlo, se puso en pie y lo apagó pisándolo.  Se quedó inmóvil durante unos instantes frente a la oscuridad que parecía reinar en el interior del bar y pensó en Gina, en su sonrisa, por última vez.  Y sonrió.  Permaneció con una mueca de felicidad idiota en el rostro durante por lo menos un minuto entero, y cuando vio que otra persona, un chico negro joven muy alto iba caminando por la otra acera se dirigió hacia él y le gritó:
- Amigo, ¿sabes dónde puedo comprar tabaco a estas horas?
© D.A.S 2010




Recomendación literaria:  Las tres balas de Boris Bardin - Milo Krmoptic 
Después de la celebrada "Sorbed mi sexo", Milo Krmpotic se desmarca con esta excepcional novela corta en la que mezcla noir,  western, y pura literatura desgarrada y emocionante.  Narrada en un argentino casi histriónico (al final del libro incluso se incluye un glosario), la historia se ambienta en la Argentina de mediados de los 80, un país hundido en la hiperinflación y el "homo homini lupus", y cuenta la relación entre una famila de policías, los Bardin, con Boris a la cabeza, y el asalto de un furgón blindado y su posterior investigación a cargo de un agente llegado desde Buenos Aires.  Con un estilo carnal y directo, Milo engancha al lector desde la primera página y le hace viajar a la desolación de un país que representa a la perfección la caída en desgracia del ser humano y la celebración de sus miserias: egoísmo, aislamiento, muerte, tristeza... todo ello aderezado por una trama intrigante y mágica, que desemboca en un final que conmueve y da rabia al mismo tiempo.  Merece la pena.
Está editado por Caballo de Troya, pequeño reducto "indie" dentro de la gigantesca editorial Mondadori.

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